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| El público
llenó el Círculo Logroñés
para saborear la propuesta vespertina de Actual. / DÍAZ
URIEL |
CABARET ABARROTADO
Un abarrotado Círculo
Logroñés certificó el éxito
de los conciertos diurnos.
Todo un acierto volver al Café Cantante. Tan abarrotado
estaba el Círculo Logroñés que no dejaban
entrar a nadie si no salía antes alguien. Por tanto,
hasta la bandera para ver a Ajo & Mastretta, que realizaron
un impecable espectáculo de cabaret simpático
y divertido, una auténtica delicia para afinar el
buen humor y cargarse de optimismo y buenas intenciones
con el nuevo año. Mastretta interpretó con
el piano, el clarinete y la armónica y Ajo cantó,
recitó e improvisó su poesía al antentísimo
público, despreocupado, por otra parte, por las siete
lámparas de arañas que se cernían sobre
sus cabezas. El monólogo musical y humorístico
de Ajo dejaba pequeñas pausas para pensar sobre sus
juegos de palabras y resultaban exquisitos aperitivos, de
los que quitan el hambre aunque no alimenten. Sentado en
el suelo vivimos algunos cronistas el acto, para que luego
digan que no se está a pie de calle: ¡a pie
de moqueta estuvimos!, frente a los privilegiados anónimos
del palco. Mientras actuaba el dúo Serpentina se
escuchó otra música de fondo, la encantadora
de los hielos chocando contra el cristal de las copas que
se servían en la barra y la agria de los camareros
discutiendo. Los hermanos Tamarit también lucieron,
aunque con un directo más espartano. Guitarra y voz
ofrecieron chanson y pop dulce y naïf con versiones
de Parade, Rocío Durcal y Vainica Doble, algo ñoño
pero embaucador, aunque el glamour se le fue a la cantante
bebiendo a morro del botellín de cerveza.
En el nuevo descanso hubo un juego de sillas en el que los
que estaban de pie corrieron a por las localidades que otros
dejaban libres, facilitando la renovación del público.
Y en esto salió Barruezo & Bohemia Camerata con
violín, contrabajo, guitarra y piano para realizar
un concierto redondo e intenso. Flamenco, canción
judía y arábica interpretada con mucho ritmo,
mucha garra, mucha tensión. La voz desgarradora,
con algún que otro gallo maravilloso, y las melodías
populares que disfrutó el público acompañando
con las palmas hizo que la música cinematográfica
trasladara a todos hacia unos imaginarios y bohemios arrabales.
Quizá hubiera que haber dividido las sesiones alargando
más cada una de ellas y otorgándoles un espacio
propio, ya sea en café o en copa, pero la cita fue
fabulosa, para el recuerdo. De Rodrigo García, como
en lugar de ver a sus compañeros (como hicieron el
resto, e incluso Víctor Coyote) esperó su
turno en el bar del Círculo, no decimos nada. Tampoco
asistimos. No se puede estar en todas partes.
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