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San Millán de la Cogolla

San Millán, escenario del acto institucional del Día de La Rioja, el jueves 9 de junio.



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Día de La Rioja 2005

Un concierto de Carmen, Jesús e Iñaqui celebrado en Huércanos con alguna de las primeras enseñas de La Rioja. / LR

Un sueño colectivo

Madrid era en 1977 una ebullición de voluntarismo y buenas intenciones y, a veces, de estupidez y de tópicos. Pura política. Todo era política y reivindicación. Y nosotros un grupo de estudiantes riojanos, ingenuos, queriendo ser, reivindicando ser una región con personalidad propia en ese marasmo de exigencias autonomistas.
En aquel tiempo de convulsiones, La Rioja era provincia de Logroño y, nosotros, estudiantes riojanos en Madrid, pretendiendo crear una identidad propia cuando aquí, los más ‘autonomistas’ pedían y solicitaban entonces un estudio ¡de viabilidad económica!. Éramos pequeños y daba miedo o, al menos, algunos lo tenían.
El Colectivo Riojano comienza a gestarse a finales de 1976 entre un reducido grupo de estudiantes que vivíamos en Madrid. La bandera de La Rioja nació en su seno, en Madrid.
En noviembre de 1977 me tocó organizar una ‘semana de La Rioja’. ¿Cómo?. Fácil. Tamames como autor de un estudio socioeconómico de La Rioja, veraneante en Mansilla, político y economista del PCE. ¿Y después? Mis pequeños contactos a través de mis prácticas en el periódico ‘La Rioja’ me habían dado ciertas posibilidades. Julio Luis Fernández Sevilla, Santiago Coello, José Manuel Ramírez, Luis Vicente Elías, los políticos de turno, el grupo de teatro Adefesio.... y, por favor, un fin de fiesta con ‘Carmen, Jesús e Iñaqui’, un concierto con chorizo escaldado y vino para todos, a semejanza del festival de chorizo de Baños de Río Tobía, mi pueblo.
A comienzos de año, con Coloma Francisca Mendiola, hoy senadora del PP, y Manuel García de la Cruz, un catedrático de Economía y jarrero hasta la médula, nos habíamos encargado de sacar a la calle y distribuir dos números de la revista ‘Garnacha’. En uno de ellos ya se especificaban nuestras pretensiones, entre ellas una bandera que identificara a La Rioja.
Antes habíamos encargado una consulta a un especialista en heráldica. ¿A quien? A José María Oria de Rueda. Recibimos varias propuestas. Las recuerdo todavía. Todas ellas tenían los cuatro colores de referencia con su correspondiente simbología.
Un salón, una mesa y para cubrirla ¿qué?. Una bandera, una bandera con los colores de la cuatricolor, pero con tres franjas horizontales y una vertical y blanca. ¡Aquello fue lo que pintamos con spray miembros del Colectivo Riojano para la mesa sobre una sábana blanca de Baños!
Yo recuerdo que algunos andaluces, de los muchos que vivían en aquel colegio y a los que no se les reconocía todavía oficialmente la verde y blanca, se preguntaban, «¿Qué es eso?» «La bandera de La Rioja». «¡Ah»!. Podría ser pero no lo era. Luego vinieron Carmen, Jesús e Iñaqui y cerramos la semana con su concierto y cantando aquello de ‘La Rioja existe, pero no es, si nos unimos, la hemos de hacer...’. Así nació la ‘cuatricolor’.
Con fuerzas renovadas, el Colectivo ideó unas pegatinas ovaladas con los cuatro colores de la enseña y construimos algunas banderas, una de las cuales portaron mi hermano Juan Carlos, Pedro Mendiola y Ángel del Río en Huércanos. Luego las paseamos por toda la región y participamos en el singular proceso autonómico.

La cuatricolor del pueblo


La gestación y el nacimiento de la cuatricolor ocurrieron al margen de las instituciones, que en una época de incipiente reivindicación de libertades y autonomía demostraron falta de iniciativa y rigidez, quizás suficientes durante la ominosa época que trabajosamente iba quedando atrás, pero, desde luego, nada apropiadas para el anhelado futuro que había que construir entre todos.

En 1977, España, inmersa en la delicada tarea histórica de transición hacia la democracia, con los restos de Franco casi calientes todavía en el Valle de los Caídos y más caliente aún la castrante memoria de sus cuarenta años de dictadura, andaba más preocupada por los pactos de La Moncloa y por enterrar el hacha de guerra fratricida que por las pretensiones autonomistas de una pequeña, provinciana y tradicionalmente apacible región del valle medio del Ebro.

Sin embargo, de algún sitio hasta entonces oculto, de alguna mina sorprendente sacó ésta la fuerza, sacó el valor y sacó la voz que habría de oírse hasta que cinco años después fuera reconocida y proclamada comunidad autónoma por sí sola y en igualdad de condiciones que otras dieciséis y sin la cual España no sería hoy tal como es.

La reivindicación autonomista pudo comenzar de un modo más complejo, pero sus primeros indicios los constituyen las luchas más o menos esforzadas por sus símbolos y señas de identidad, tales como el nombre de La Rioja para sustituir al centralista Logroño y la elección de una bandera, cuestiones que se plantearon casi simultáneamente. Entre 1977 y 1978, mientras la Diputación Provincial intentaba asumir el asunto de la bandera y fracasaba estrepitosamente, la calle, el pueblo, quién si no, se encargaba de tejerla de forma espontánea y enarbolarla ya a los cuatro vientos.

Los diferentes sectores y medios que desde 1976 habían mostrado alguna inquietud por la identidad riojana apreciaron la necesidad de contar con un símbolo que identificara a La Rioja, una enseña que, por otro lado, no tenía precedente histórico porque nunca esta tierra había gozado del más mínimo ápice de independencia. Había, pues, que crearla. En la primavera del 77 el Colectivo Riojano, uno de los principales motores del cambio en ciernes, solicita un diseño al heraldista José María Oria de Rueda, quien presenta un boceto en cinco colores: rojo, amarillo, verde y franja oblicua azul y blanca.

Casi paralelamente, en septiembre se consuma el fiasco de la consulta popular por la bandera de La Rioja dirigida con más empeño que acierto por Felipe Abad León, cronista oficial, a instancias de Julio Luis Fernández Sevilla, presidente de la Diputación. Independientemente del talante de sus componentes, nadie olvidaba que ésta era la última corporación del franquismo. Nunca se supo qué propuesta ganó el referéndum, que, al menos, tuvo la virtud de popularizar la cuestión.

Parece que el modelo con cuatro colores (rojo, blanco, verde y amarillo) recibió la mayoría de votos, pero el resultado es un misterio y la decisión quedó en suspenso. Lo que no podía pararse de ninguna manera era el proceso que estaba en la calle.

En noviembre una bandera de colores coincidentes presidió la Semana de La Rioja en Madrid, en el colegio mayor San Juan Evangelista, organizada por miembros del Colectivo. Coloma Mendiola se encargó de pintarla con ‘espray’: blanco (todavía en vertical), rojo, verde y amarillo (en horizontal).

En la primavera de 1978, cuando el Colectivo distribuyó pegatinas con su bandera autonómica roja, blanca, verde y amarilla (ya en disposición horizontal), la gente la aceptó sin más reservas y terminó por asumirla. También hubo, cómo no, quien encontró el proceso poco menos que sacrílego, pero ya era imparable.

Fiestas de pueblos en 1978 y el I Día de La Rioja en Nájera fueron cuatricolor. Crónica humilde pero crónica orgullosa de una bandera con doble condición de símbolo y paisaje de un pueblo en cuatro colores.

Colores del paisaje

Los cuatro colores que formaron la bandera de La Rioja procedían directamente de sus paisajes: rojo de la tierra y del vino; blanco del agua de sus ríos; verde de árboles y valles; y amarillo de los campos en verano. Cuatricolor la llamaron y otros ‘roblanvera’.

J.S.


ALFARO


NÁJERA