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Un concierto de Carmen, Jesús e Iñaqui
celebrado en Huércanos con alguna
de las primeras enseñas de La Rioja.
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Un
sueño colectivo
Madrid era en 1977 una ebullición
de voluntarismo y buenas intenciones y,
a veces, de estupidez y de tópicos.
Pura política. Todo era política
y reivindicación. Y nosotros un
grupo de estudiantes riojanos, ingenuos,
queriendo ser, reivindicando ser una región
con personalidad propia en ese marasmo
de exigencias autonomistas.
En aquel tiempo de convulsiones, La Rioja
era provincia de Logroño y, nosotros,
estudiantes riojanos en Madrid, pretendiendo
crear una identidad propia cuando aquí,
los más ‘autonomistas’
pedían y solicitaban entonces un
estudio ¡de viabilidad económica!.
Éramos pequeños y daba miedo
o, al menos, algunos lo tenían.
El Colectivo Riojano comienza a gestarse
a finales de 1976 entre un reducido grupo
de estudiantes que vivíamos en
Madrid. La bandera de La Rioja nació
en su seno, en Madrid.
En noviembre de 1977 me tocó organizar
una ‘semana de La Rioja’.
¿Cómo?. Fácil. Tamames
como autor de un estudio socioeconómico
de La Rioja, veraneante en Mansilla, político
y economista del PCE. ¿Y después?
Mis pequeños contactos a través
de mis prácticas en el periódico
‘La Rioja’ me habían
dado ciertas posibilidades. Julio Luis
Fernández Sevilla, Santiago Coello,
José Manuel Ramírez, Luis
Vicente Elías, los políticos
de turno, el grupo de teatro Adefesio....
y, por favor, un fin de fiesta con ‘Carmen,
Jesús e Iñaqui’, un
concierto con chorizo escaldado y vino
para todos, a semejanza del festival de
chorizo de Baños de Río
Tobía, mi pueblo.
A comienzos de año, con Coloma
Francisca Mendiola, hoy senadora del PP,
y Manuel García de la Cruz, un
catedrático de Economía
y jarrero hasta la médula, nos
habíamos encargado de sacar a la
calle y distribuir dos números
de la revista ‘Garnacha’.
En uno de ellos ya se especificaban nuestras
pretensiones, entre ellas una bandera
que identificara a La Rioja.
Antes habíamos encargado una consulta
a un especialista en heráldica.
¿A quien? A José María
Oria de Rueda. Recibimos varias propuestas.
Las recuerdo todavía. Todas ellas
tenían los cuatro colores de referencia
con su correspondiente simbología.
Un salón, una mesa y para cubrirla
¿qué?. Una bandera, una
bandera con los colores de la cuatricolor,
pero con tres franjas horizontales y una
vertical y blanca. ¡Aquello fue
lo que pintamos con spray miembros del
Colectivo Riojano para la mesa sobre una
sábana blanca de Baños!
Yo recuerdo que algunos andaluces, de
los muchos que vivían en aquel
colegio y a los que no se les reconocía
todavía oficialmente la verde y
blanca, se preguntaban, «¿Qué
es eso?» «La bandera de La
Rioja». «¡Ah»!.
Podría ser pero no lo era. Luego
vinieron Carmen, Jesús e Iñaqui
y cerramos la semana con su concierto
y cantando aquello de ‘La Rioja
existe, pero no es, si nos unimos, la
hemos de hacer...’. Así nació
la ‘cuatricolor’.
Con fuerzas renovadas, el Colectivo ideó
unas pegatinas ovaladas con los cuatro
colores de la enseña y construimos
algunas banderas, una de las cuales portaron
mi hermano Juan Carlos, Pedro Mendiola
y Ángel del Río en Huércanos.
Luego las paseamos por toda la región
y participamos en el singular proceso
autonómico. |
La
cuatricolor del pueblo
La gestación y el nacimiento de la cuatricolor
ocurrieron al margen de las instituciones, que
en una época de incipiente reivindicación
de libertades y autonomía demostraron
falta de iniciativa y rigidez, quizás
suficientes durante la ominosa época
que trabajosamente iba quedando atrás,
pero, desde luego, nada apropiadas para el anhelado
futuro que había que construir entre
todos.
En 1977, España,
inmersa en la delicada tarea histórica
de transición hacia la democracia, con
los restos de Franco casi calientes todavía
en el Valle de los Caídos y más
caliente aún la castrante memoria de
sus cuarenta años de dictadura, andaba
más preocupada por los pactos de La Moncloa
y por enterrar el hacha de guerra fratricida
que por las pretensiones autonomistas de una
pequeña, provinciana y tradicionalmente
apacible región del valle medio del Ebro.
Sin embargo, de algún
sitio hasta entonces oculto, de alguna mina
sorprendente sacó ésta la fuerza,
sacó el valor y sacó la voz que
habría de oírse hasta que cinco
años después fuera reconocida
y proclamada comunidad autónoma por sí
sola y en igualdad de condiciones que otras
dieciséis y sin la cual España
no sería hoy tal como es.
La reivindicación
autonomista pudo comenzar de un modo más
complejo, pero sus primeros indicios los constituyen
las luchas más o menos esforzadas por
sus símbolos y señas de identidad,
tales como el nombre de La Rioja para sustituir
al centralista Logroño y la elección
de una bandera, cuestiones que se plantearon
casi simultáneamente. Entre 1977 y 1978,
mientras la Diputación Provincial intentaba
asumir el asunto de la bandera y fracasaba estrepitosamente,
la calle, el pueblo, quién si no, se
encargaba de tejerla de forma espontánea
y enarbolarla ya a los cuatro vientos.
Los diferentes sectores
y medios que desde 1976 habían mostrado
alguna inquietud por la identidad riojana apreciaron
la necesidad de contar con un símbolo
que identificara a La Rioja, una enseña
que, por otro lado, no tenía precedente
histórico porque nunca esta tierra había
gozado del más mínimo ápice
de independencia. Había, pues, que crearla.
En la primavera del 77 el Colectivo Riojano,
uno de los principales motores del cambio en
ciernes, solicita un diseño al heraldista
José María Oria de Rueda, quien
presenta un boceto en cinco colores: rojo, amarillo,
verde y franja oblicua azul y blanca.
Casi paralelamente, en
septiembre se consuma el fiasco de la consulta
popular por la bandera de La Rioja dirigida
con más empeño que acierto por
Felipe Abad León, cronista oficial, a
instancias de Julio Luis Fernández Sevilla,
presidente de la Diputación. Independientemente
del talante de sus componentes, nadie olvidaba
que ésta era la última corporación
del franquismo. Nunca se supo qué propuesta
ganó el referéndum, que, al menos,
tuvo la virtud de popularizar la cuestión.
Parece que el modelo con
cuatro colores (rojo, blanco, verde y amarillo)
recibió la mayoría de votos, pero
el resultado es un misterio y la decisión
quedó en suspenso. Lo que no podía
pararse de ninguna manera era el proceso que
estaba en la calle.
En noviembre una bandera
de colores coincidentes presidió la Semana
de La Rioja en Madrid, en el colegio mayor San
Juan Evangelista, organizada por miembros del
Colectivo. Coloma Mendiola se encargó
de pintarla con ‘espray’: blanco
(todavía en vertical), rojo, verde y
amarillo (en horizontal).
En la primavera de 1978,
cuando el Colectivo distribuyó pegatinas
con su bandera autonómica roja, blanca,
verde y amarilla (ya en disposición horizontal),
la gente la aceptó sin más reservas
y terminó por asumirla. También
hubo, cómo no, quien encontró
el proceso poco menos que sacrílego,
pero ya era imparable.
Fiestas de pueblos en 1978
y el I Día de La Rioja en Nájera
fueron cuatricolor. Crónica humilde pero
crónica orgullosa de una bandera con
doble condición de símbolo y paisaje
de un pueblo en cuatro colores.
Colores del paisaje
Los cuatro colores que formaron la bandera
de La Rioja procedían directamente de
sus paisajes: rojo de la tierra y del vino;
blanco del agua de sus ríos; verde de
árboles y valles; y amarillo de los campos
en verano. Cuatricolor la llamaron y otros ‘roblanvera’.
J.S.