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Carguen
la bota...
Los
Riscos de Bilibio vuelven a ser escenario de la tradicional
Batalla del Vino, una de las fiestas más conocidas
del mundo por su originalidad y su espíritu pintoresco
CRISTINA VALDERRAMA /HARO
La mañana del 29 de junio se ha convertido en el día
más especial del año para la mayor parte de
los jarreros. A partir de las nueve de la mañana, se
celebra la tradicional Batalla del Vino, una lucha pacífica
que tiene al tinto riojano como principal protagonistas. Muchas
teorías hay sobre el origen de esta peculiar tradición
aunque la más arraigada es la peregrinación.
Cuentan que muchos años atrás, las gentes de
Haro ascendían hasta la ermita de San Felices en busca
de la indulgencia plenaria. No existía una fecha concreta
y la subida hacia los Riscos de Bilibio era un goteo constantes
de personas. Un día, un grupo de personas decidió
acudir todos juntos hasta la cima, origen de la actual romería.
En esas ascensiones, la gente se mojaba con vino, lo que llamaban
el ‘Bautismo del Vino’. Ese original bautizo trascendería
hasta la actual Batalla del Vino.
De pleitos
Un pleito entre Miranda de Ebro y Haro sería la otra
teoría popular. Parece ser que hace siglos, no se conocía
a qué localidad pertenecían los Riscos de Bilibio.
Ante la duda, el rey de la época decidió concedérselos
a los jarreros con una condición: que cada 29 de junio
subieran hasta los mismos con el corregidor y hondearan el
pendón municipal.
Dos historias con un denominador común, el paraje de
Bilibio. Una campa que cada día de San Pedro tiñe
su césped de un color tinto Rioja. Hasta allí
comienzan a llegar los romeros que ataviados de blanco y rojo,
se preparan para la batalla. Un cohete anunciará el
inicio de la ‘lucha’ justo después de la
celebración de la misa en la ermita de San Felices.
Botas y sulfatadoras
Tras el disparo del cohete, chorros de vino empezarán
a volar por el aire de Bilibio. Comienza la batalla y cada
uno se defiende como puede. La forma más tradicional
es lanzar el líquido tinto con botas de vino, pero
las costumbres cambian y las modas también llegan hasta
las tradiciones más puras. Pistolas de agua, sulfatadoras,
dosificadores... Todo vale para conseguir un único
objetivo, manchar al compañero y disfrutar todos juntos
de uno de los días más emotivos del calendario
jarrero. Y es que esta es una herencia que se pasa de padres
a hijos. El vecino de Haro vive la batalla como parte de su
forma de ser y como una especial manera de sentir.
Por eso, el mejor final para una particular guerra sin cuartel
es un buen almuerzo en las campas de los Riscos. Con energías
renovadas comenzarán el descenso hacia la ciudad de
las luces donde vecinos que no han subido, les aguardan para
dar las tradicionales vueltas a la plaza de la Paz.
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