Todo sarao que se precie debería contar con un rinconcito para el surf y el ala delta

CARLOS ZAHUMENSZKY.

El mundillo de la publicidad pone en práctica las ideas más peregrinas con tal de ampliar horizontes. Un caso real: hace unos meses, un pub anunciaba la fiesta de una determinada marca de whisky. Se trataba, en principio, del ya conocido puesto de camisetas, llaveros y mecheros de regalo, pero un responsable desplegó un extraño artilugio con partes acolchadas que, a primera vista, parecía un banco de abdominales diseñado por Mariscal o la versión modernizada de un instrumento de la Inquisición. Tras media hora de conjeturas del público, se desveló su utilidad: con cada consumición, se ofrecía un servicio de masaje profesional. También triunfa en ferias y fiestas una atracción compuesta por varios anillos concéntricos que, una vez fijas las extremidades de la víctima, describen veloces giros aleatorios para solazar su espíritu. La leche de divertido.
No son más que dos ejemplos de lo que son capaces de urdir las mentes del márketing cuando salen a pasear. A día de hoy, el último grito son los simuladores de realidad virtual, que, al menos, no dejan secuelas físicas. Hasta hace poco, estas instalaciones estaban limitadas, por tamaño y requisitos técnicos, a los grandes eventos tipo Expo, pero los avances más revolucionarios han permitido diseñar equipos portátiles que se pueden instalar hasta en el salón de casa para el cumple de la nena.

Pegado al careto. Trispace es una de las empresas punteras en este tipo de simuladores. Los más sencillos se basan en ordenadores con una buena tarjeta gráfica y un interfaz compuesto por un joystick y un casco. Permiten disfrutar de juegos ya conocidos, aunque con el monitor pegado al careto.
Pero no se queda ahí la cosa. Los equipos simples dejan paso a otras instalaciones en las que ya intervienen los movimientos del cuerpo. En esta modalidad, los deportes se llevan el gato al agua: en concreto, el esquí, el surf y el ala delta. Para cibersurfear, por ejemplo, el artilugio incorpora una tabla que responde a los balanceos del jugador. Es como el sky-surfing, pero a través de un agujero negro repleto de meteoritos que se acercan en sentido contrario. El ala delta virtual es otra pasada del entretenimiento futurista: el jugador realmente se cuelga de uno de estos vehículos y maniobra por un aire no tan real. Por su parte, los aficionados a las aventuras gráficas alucinarían con Virtualiser, un simulador que permite caminar por un entorno 3D de tintes medievales.
Lo bueno del caso es que el aspecto gráfico de todos los juegos está conseguidísimo, gracias al uso de la aceleración 3D. Todo es cuestión de probar, pero siempre bajo el lema si bebes, no virtualices. Que las carga el Diablo, seguro.