"Me gusta más a música de otros"

JOSU OLARTE.

Jarre se ríe cuando se le comenta que una gran mayoría le conoce más por sus espectáculos multitudinarios y pelín megalómanos que por sus más de veinticinco años de creación electrónica. No le preocupa. Su música ha sonado en los puntos más remotos del planeta y ha acompañado algunos de los momentos más cruciales de la historia del último siglo.
A sus 51 años, y pese a su reciente divorcio de la actriz Charlotte Rampling, disfruta de una plácida existencia en su casa de las afueras de París y, por encima de los agujeros negros que jalonan su espacial discografía, se sabe miembro del panteón del ambientalismo electrónico junto a Eno, Sakamoto y Vangelis. Como dice su discográfica, 50 millones de discos vendidos dan para eclipsar a todos los totems del género desde que Robert Moog inventara, en 1964, el primer sintetizador modular.
Ahora, cuando aún resuenan los ecos de la aparatosa representación de The Twelve Dreams Of The Sun, ópera electrónica con la que despidió 1999 frente a las pirámides de Egipto, el hijo del compositor cinematográfico Maurice Jarre vuelve a estar en candelero con su nueva puesta al día discográfica. Dice que quiere &laqno;investigar y buscar nuevos caminos», igual que cuando abandonó el conservatorio para interesarse por el jazz y la música concreta junto al compositor Pierre Schaeffer.
Con casi treinta años de carrera a sus espaldas, quien fuera letrista pop con la musa de los 60 Françoise Hardy y el ídolo disco Patrick Juvet y principal impulsor comercial de la música electrónica con Oxygene acaba de grabar su primer disco no instrumental. Responde a &laqno;un proceso de cambios», se titula Metamorphoses y tiende puentes entre el etno techno, el rock espacial de antaño, el ambientalismo y la nueva música electrónica, a través de las voces del propio Jarre y cantantes como la ex-Transglobal Underground Natacha Atlas o Laurie Anderson, con quien ya trabajó en Zoolook. Es música desprovista de escenografías mastodónticas y artificios lumínicos y acorde con "una visión positiva y humana de la sociedad digital y globalizada del final del milenio", tal como apunta el afable músico de Lyon
-A estas alturas, ¿por qué has decidido hacer un disco vocal?
-La música electrónica te incita siempre a probar cosas nuevas. Llevo mucho tiempo trabajando, pero me sigue gustando investigar y me apetecía integrar voces distintas para dar una nueva dimensión a mi música. Ha sido muy divertido experimentar con mi voz en temas casi de ciencia ficción como Hey Gagarin. También he incluido a vocalistas femeninas muy distintas, como Natacha Atlas, que aporta una visión urbana de la música de Oriente, o Laurie Anderson, que vocaliza de una manera muy personal.
-Muchos de tus discos son conceptuales. ¿Cuál es la idea dominante en éste?
-Trato de afrontar una metamorfosis de cara al nuevo milenio y expresarla en términos sonoros, haciendo música de una manera más orgánica. Veo el cambio al que se refiere el título como un proceso de la naturaleza y del hombre relacionado con la idea de purificación. También tiene una lectura personal: he tenido cambios en mi vida y quería componer de una manera distinta y más intensa.
-¿A qué se debe esa tendencia tuya a actuar con gigantescos montajes multimedia al aire libre?
-Me gusta hacerlo porque es una manera de mostrarme al mundo; sobre todo, cuando actúo en lugares simbólicos. Además, aspiro a combinar distintas disciplinas. Siempre me ha gustado la arquitectura, así que procuro integrarme en el medio donde toco. Las técnicas visuales modernas ayudan mucho en ese sentido. Y, en fechas históricas, la energía fluye de una manera muy fuerte. Hay tanta intensidad y todo resulta tan complicado que, al principio, me aterro, pero luego se produce una especie de comunión universal.