JESÚS TORQUEMADA.
Josu Iztueta tiene una amplia experiencia en deportes de
aventura. Ha viajado por Europa, América y África y ha participado
en expediciones como la que atravesó Groenlandia en esquíes.
Llevaba tiempo con la idea de recorrer Escandinavia utilizando medios de
transporte que permitieran contactar con los nativos. Así surgió
el proyecto Hiru pauso, hiru norabide (Tres pasos, tres objetivos), con
un tramo en esquíes, otro en piragua y el tercero en bicicleta. Sólo
le faltaba encontrar compañeros de aventura, pero eso no le resultó
muy difícil en su pueblo, Tolosa, donde siempre hay gente dispuesta
a meterse en estos líos.
Primer paso: esquí. Los
cuatro hombres y dos mujeres que participaron en el primer segmento (de
Oslo al Cabo Norte) eran avezados esquiadores de fondo. Sin embargo, el
desafío resultaba considerable: se trataba de cruzar el paisaje por
nieve virgen, sin pistas, y arrastrando unos trineos que pesaban unos 50
kilos. El objetivo consistía en alcanzar la plena autonomía:
dormir al aire libre, bajo un toldo, y transportar toda la comida. Previamente,
habían enviado suministros a las oficinas de correos de varios pueblos
situados en el recorrido; de esa manera, no necesitaban llevar todo encima
y ahorraban algo de dinero, pues los precios que imperan por aquellas latitudes
son más elevados que los nuestros.
Lo más duro fue, paradójicamente, un tramo de unos 50 kilómetros
en el que no había nieve. Tuvieron que improvisar un carrito y unos
ejes para transportar los trineos. El sol de medianoche les iluminaba el
camino cuando por fin llegaron, a las 3 de la madrugada del 3 de mayo de
1998, al monumento en forma de esfera terrestre que señala el mítico
Cabo Norte.
En este primer tramo de la expedición conocieron lugares tan curiosos
como el hotel de hielo de Jukkasjarvi, se permitieron el lujo de aliviar
el cansancio en las saunas que tanto abundan en Escandinavia y participaron
en las fiestas de Pascua de los lapones. También fueron espectadores
de la Vasaloppet, la carrera de esquí nórdico más grande
del mundo, con un recorrido de 90 kilómetros y 15.000 participantes.
Segundo paso: piragua. El tramo
en piragua fue el más duro. Los cuatro viajeros (una mujer y tres
hombres) tenían poca experiencia con esa embarcación, aunque
se prepararon antes de partir. Pero es que, además, el tiempo se
mostró inclemente, con frío y mucho viento. Tenían
que remar empapados por la humedad atmosférica y el invierno se adelantó:
llegaron a Helsinki el 19 de noviembre de 1998, a 12 bajo cero, cuando el
agua del mar empezaba a congelarse. En algunos lugares se había formado
ya el hielo y no podían hundir el remo.
El cruce del Báltico tenía un peligro añadido: se trata
de una zona muy transitada por mercantes y podían acabar arrollados.
Para llamar la atención, sólo contaban con el amarillo chillón
de las piraguas. &laqno;Era como si remáramos en unas cáscaras
de plátano», comentan los deportistas en tono jocoso. Otro
problema era la difícil orientación: la costa de Finlandia
es un laberinto de 24.000 islas, aunque los expedicionarios llevaban la
mejor cartografía disponible y un GPS (posicionador por satélite).
Como compensación, contaron con la compañía de focas
y delfines en algunos momentos de la travesía, además de contactar
con algunos pescadores de bajura que no podían entender qué
hacían aquellos chalados en medio del mar. Y contemplaron espléndidas
auroras boreales, uno de los mayores espectáculos de la naturaleza. |