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SOLANGE VÁZQUEZ.
Nada se puede escapar ya
a la etiqueta polivalente de lo alternativo. Cualquier disciplina
que escore hacia menús culturales no aptos para la plebe
es susceptible de integrar esa masa heterogénea de rarezas,
delicatessen para paladares que quieren probar algo nuevo. El
teatro no iba a ser menos. El Tenorio, La venganza de Don Mendo
y Romeo y Julieta están muy bien, pero no sacian las atrevidas
apetencias de los más vanguardistas, que sienten la necesidad
de variar la tradicional dieta de clásicos una baza
segura que los empresarios siguen explotando entreverando
algunas obras innovadoras. Lo malo es que los circuitos teatrales
de toda la vida todavía no se deciden a ofrecer estos
productos poco convencionales.
Por eso, la undécima edición del festival La Alternativa,
que se celebra en Madrid hasta el 5 marzo, es una buena ocasión
para disfrutar de espectáculos que rompen con la concepción
dramática tradicional y que no tienen ninguna pretensión
de complacencia respecto al público. Los montajes, una
fórmula a caballo entre la danza, la música y el
teatro, «son propuestas que marcarán la evolución
de las artes escénicas. Sus autores e intérpretes
serán figuras claves en el futuro o puede que no. Es un
riesgo, pero ésa es la función del teatro alternativo:
apostar, explorar lo inexplorado, cobijar la libertad, estimular
la creación escénica», explica con vehemencia,
como si ella misma declamase ante un patio de butacas, Alicia
Moreno, consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid, institución
que patrocina el evento.
El programa de este año ofrece una treintena de obras
de grupos nacionales y extranjeros que interpretan teatro «sucio
e imperfecto», «poesía salvaje cargada de
animalismo, provocación y crítica social»,
clásicos versionados como La metamorfosis de Kafka u otras
piezas inclasificables. Pueden verse obras tan sorprendentes
y alejadas del satanizado sambenito de lo comercial como Roadmetal,
Sweetbread, de la compañía inglesa Station House
Opera, en la que los intérpretes luchan con sus propias
imágenes proyectadas en una pantalla electrónica.
Otras piezas como Once, del grupo ruso Derevo, mezclan estilos
tan dispares como la danza butoh, las técnicas de clown
y la comedia del arte. Pero también hay cabida para experimentos
nacionales. La Compañía General Eléctrica
de Barcelona interpretará su polémica Una juventut
europea, en la que cuatro actores expresan su deseo de ser malos
y detallan cómo se fabrican explosivos. "En la
variedad está el gusto espeta Javier Gracía
Yagüe, director artístico del festival. La
gente cree que el teatro es algo antiguo, caro, aburrido ¡Nada
de eso! Es un teatro diferente, que conecta con las propuestas
artísticas más avanzadas. Su mejor baza son las
emociones fuertes, la cercanía al público y la
irreverencia. Nada que ver con lo que estamos acostumbrados a
ver. Además, los precios están al alcance de cualquer
bolsillo. No hay excusa para no venir».
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