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SOLANGE VÁZQUEZ.
Ahora que lo de San Valentín
está tan reciente, conviene recordar que el amor no es
una guirnalda de palabras ñoñas y de corazoncitos
rosas. Ni tampoco el edulcorado sentimiento que se vende en los
grandes almacenes en forma de corbatas o perfumes con un envoltorio
de inercia anual, rancia y cursi. Hay otras versiones menos light:
historias de amor profundas, trágicas, exóticas
y terribles. Como la de los Costus, la pareja de pintores de
la movida que compartieron aquellos años locos y vivificantes
de fertilidad creativa con Alaska, Almodóvar, Pérez-Mínguez,
McNamara y toda esa tribu de artistas que inyectaron un poco
de luz en el descolorido e insípido mundo posfranquista.
Los Costus o las Costus, como les llamaban sus amigos
eran una pareja de pintores gays, cuyo piso madrileño
se convirtió en algo así como la sede de la movida.
Su preferencia por el color y por reinterpretar símbolos
nacionales les convirtió en vampiros de las costumbres
y los símbolos nacionales santos, muñecas
vestidas de flamencas de los que se nutrían para
después regurgitarlos en sus cuadros, llenos de color,
crítica y frívola desesperación.
Así, Enrique y Juan Costus que en realidad se apellidaban
Naya y Carrero, respectivamente se erigieron como los pintores
oficiales de aquel ambiente underground y, junto a su perrita
Lala Costus una más de la familia, vivieron
al extremo aquella etapa de colocones y arte que produce entre
los amantes de la contracultura un profundo sentimiento de nostalgia
y orfandad, ya que buena parte de sus representantes han muerto
o han sido absorbidos por la espiral comercial. Ahora, para quienes
los añoran o para los que no han tenido oportunidad de
conocer su trabajo, la Galería Sen de Madrid acoge una
retrospectiva de su obra,la primera desde hace diez años.
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