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Los atletas
(famosos o populares) cambiaron la fisonomía
de la ciudad por unas horas
P.M.G. /Logroño
Moiben era una estrella. Pequeñito y flaco,
se paseaba por la salida correteando un poco y repartiendo
sonrisas. La gente lo solicitaba, como si fuera Ronaldinho,
y se sacaba fotos con él. Moiben se agachaba,
para cuadrar su estatura con la del niño de
turno, y mostraba una hilera de dientes blanquísimos.
Sin tensión, sin nervios, sin preocupaciones.
Recibiendo el aplauso de la grada.
Por ahí andaba también Fabiano Joseph,
más enjuto, menos popular. Fabiano soltaba
los músculos, apretaba las fauces y no sonreía:
su misión era otra. Su misión era ganar.
Y lo hizo.
Los demás se agrupaban tras los atletas de
élite, esperando el pistoletazo de salida.
Había de todo: nerviosillos, tranquilorros,
pacíficos, revoltosos... Se mecían al
son de la optimista música previa (A toda mecha)
y sacudían los gemelos con gesto profesional.
En carrera
Luego todo cambió. Adiós a Joseph, Moiben,
Ríos y compañía. Esos apretaron
a correr y ya no pararon hasta el Espolón.
Mientras tanto, los atletas populares trataban de
ajustar sus propios ritmos: unos al trote, otros casi
al paso..., algún osado incluso ensayaba un
galope traicionero. Y el público, entre tanto,
juzgaba los andares de los deportistas con la impunidad
del espectador: «Joder, Carlos, va derrotao».
Y Carlos, que veía a sus amigos, hacía
ímprobos esfuerzos para transformar su rictus
en algo parecido a una sonrisa. E incluso levantaba
imperceptiblemente la mano.
Eso era sufrir, y no lo de Fabiano. |