Volver 53. El poder de una rayita

¡Qué contradictorias somos las personas! Nos pasamos la vida suspirando por el ideal económico, por que el mínimo esfuerzo nos dé el máximo rendimiento, y, cuando lo conseguimos, a menudo despreciamos el logro anulando el nimio esfuerzo y, con él, el rendimiento.

El mínimo trazo de una rayita lo explota al máximo, de manera admirable, el sistema ortográfico del español. Gracias a una rayita, los maños no son sólo manos y las canas no crecen en los cañaverales; por una minúscula rayita, al leer Marta, estudia sabemos que la tal joven no está aprovechando el tiempo, así como las dos que delimitan la oración de relativo en Los turistas españoles en Ruanda, que regresaron ayer, se libraron de una muerte segura salvan la vida a todos nuestros paisanos; por una rayita de nada, no necesita usted guardar su carné en el frigorífico y puede asistir imperturbable a una exhibición de inglés sin que su libido se dispare ante un incitante desfile inguinal.

Nadie pone en duda la necesidad de la virgulilla de la española eñe, puesto que sin ella se trastrueca en ene; pero, en flagrante contradicción, no se valoran las otras ni siquiera en una medida aproximada; no, desde luego, las comas, a pesar de que no sólo facilitan la lectura fluida y comprensiva de un texto, sino que en muchísimos casos modifican sustancialmente su significado.

Las grandes agraviadas en la comparación resultan, sin duda, las tildes del acento. Para muchos hispanoescribidores deben de ser la representación en dibujo de las gotas de lluvia -una mera cuestión estética de la que se puede prescindir-, ya que se comportan con ellas como quien oye llover. Otros, menos imaginativos, quizá las consideran manchitas inadmisibles que ensucian el papel. Para otros -malévolos ellos- las tildes (ya lo indica el nombre) son cosa de atildados en exceso. En cualquier caso, sufren un desprecio general: la mayoría las tiene por trazos secundarios que omite con obstinación total o parcialmente. Y digo yo: ¿hay más distancia significativa entre cana y caña que entre ingles e inglés? o ¿es más grave pronunciar *caní que *càñi por cañí? A quien suele desdeñar las tildes ¿le parece indiferente tener la posibilidad de decir Gano un millón que Ganó un millón?

Asombra el prodigio de economía y de eficacia que supone en la escritura del español el uso o la omisión de una simple rayita, es decir, que con tan poco podamos expresar tanto; pero, al mismo tiempo, asusta tamaña responsabilidad: a saber, que a tan poco se encomiende tanto, habiendo tantos que confunden lo pequeño con lo poco.


VolverSubir

Prólogo · Fe de autoría · Bibliografía · Índice analítico · Volver · Página Inicial