Volver 66. Transgresiones numerosas

Pocas parcelas lingüísticas tan maltratadas en el uso de nuestro idioma como la de los numerales. Hoy vamos a ocuparnos de algunos problemas que plantean los cardinales en su forma y en su escritura.

La transgresión que más se repite, en menoscabo de su integridad, consiste en suprimir (por disimilación, primero, en los numerales que, como veintiuno, contienen dos diptongos con -i- y por analogía propagadora, después) la -i- de los elementos veinte, treinta e incluso diez en sus respectivos compuestos; no es rara la pronunciación vulgar *deciocho por dieciocho y me atrevo a decir que predominan *ventiuno, *ventidós... y *trenta y uno, *trenta y dos... sobre las únicas correctas, con -i-, veintiuno, veintidós... treinta y uno, treinta y dos, etc.

Cien es forma apocopada de ciento, como san lo es de santo. Por eso, sólo debe usarse delante de un nombre; se incurre, pues, en incorrección (muy corriente, por cierto) cuando se emplea en la expresión de los porcentajes. Y es que decir, por ejemplo, *un diez por cien, en lugar de un diez por ciento, se asemeja a proferir *Lo tienen por san en vez de Lo tienen por santo. La Real Academia sólo admite el cien porcentual en el caso de cien por cien —alternativa moderna al tradicional y genuino ciento por ciento—; no, desde luego, en el de los híbridos —muy oídos hoy— *cien por ciento y *ciento por cien.

La norma académica señala que deberán escribirse conjuntamente, en una sola palabra, todos los compuestos comprendidos entre los treinta primeros números cardinales; es decir, 17 y 27, por ejemplo, se transcribirán diecisiete y veintisiete; pero 37 y 47, treinta y siete y cuarenta y siete. ¿Capricho académico? No. Reparemos en que, por una parte, los quince primeros tienen nombres simples, inanalizables, y en que, por otra, los compuestos de veinte, al perder éste la última -e, constituyen vocablos perfectamente fundidos en una sola pieza, por lo que serían absurdas las grafías *veint y uno, *veint y dos...; sólo 16, 17, 18 y 19 ofrecen una estructura lingüística nítidamente analizable, pero, al tratarse de cuatro islotes en el mar de la treintena, la Academia, para unificar el sistema, prescribe también su escritura coligada (dieciséis, diecisiete...). Todos los demás han de pasar a la letra con sus elementos constitutivos numerales separados, con la única excepción de los compuestos de ciento (doscientos, trescientos, etc.).

Los números, como la propia lengua, forman parte de la esencia del homo sápiens. Respetémoslos.


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