Volver 71. ¿Por qué conmigo y no con mí?

¿Por qué no debe decirse *con mí, *con ti y *con (como decimos con nosotros, con vosotros, con ella, a mí, de ti, en sí...) y, sin embargo, hay que usar conmigo, contigo y consigo, mientras que *demigo, *entigo o *porsigo serían formas disparatadas? He aquí la explicación.

En conmigo, contigo y consigo se advierten tres claros componentes: el primero de ellos (con-) no es sino la preposición española con, que proviene de la correspondiente latina cum; el segundo (-mi-, -ti- o -si-) está integrado por las formas tónicas de los respectivos pronombres personales en función de término de preposición; en cuanto al tercero (-go), que a simple vista no parece más que un críptico pegote añadido, constituye el quid de la cuestión, la incógnita que hay que despejar.

En latín la preposición cum antecedía inmediatamente, como todas las demás, a un elemento lingüístico cuya función introducía y que técnicamente se llama "término": cum his ('con estos'), cum amicis ('con los amigos'), etc. Ahora bien, cuando su término consistía en los pronombres personales de primera y segunda persona (me, te, nobis, vobis) o en el de tercera reflexivo (se), a diferencia de todas las demás preposiciones, se posponía (contradiciendo su nombre) y formaba, además, con ellos un mismo cuerpo lingüístico, una sola palabra: no se decía *cum me, *cum te, *cum se, *cum nobis ni *cum vobis, sino mecum, tecum, secum, nobiscum y vobiscum.

Como tales palabras con un solo cuerpo, evolucionaron del latín al romance castellano; de manera que (así como amicum se transforma en amigo) mecum, tecum y secum pasaron, respectivamente, a mego, tego y sego primero y, después, por lógica analogía con , ti y , a migo, tigo y sigo. Consumado este proceso, la posposición del elemento y, sobre todo, sus cambios fonéticos disfrazaron de tal modo la preposición con, que los usuarios del "román paladino" no la reconocían en -go. En consecuencia, éstos antepusieron a migo, tigo y sigo un con- redundante, pleonástico, que triunfó y ha perdurado en toda la historia de nuestra lengua hasta hoy.

Así que cuando decimos hoy conmigo es como si profiriéramos conmicon, es decir, con mí con. ¡Qué cosas!


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