Volver 84. Por qué la se disfraza de el


En uno de los primeros artículos de esta sección se alertaba sobre la progresiva masculinización, indebida, de los sustantivos femeninos que comienzan por una a- fonéticamente acentuada. Hoy pretendo concretar la cuestión abordando el origen, la raíz misma de esta confusión tan extendida en el uso actual de nuestro idioma.

Cuando a un sustantivo femenino singular que empiece por a- tónica (se escriba o no con tilde, con h- o sin ella) lo preceda inmediatamente el artículo (el llamado tradicionalmente "artículo determinado"), éste deberá adoptar la forma el y no la general la que, en principio, le correspondería. Ha de pronunciarse y escribirse, por lo tanto, el área, el aula, el hada... y no *la área, *la aula, *la hada... Y eso ¿por qué?, se preguntarán ustedes. La razón hay que buscarla en la historia. El demostrativo latino illa ('aquella') evolucionó, atonizado, al artículo romance, primero como ela y, por fin, como la. La frágil -a del paso intermedio ela estaba expuesta, por ser final, a los envites del encuentro con las iniciales de los vocablos siguientes, algunas muy poderosas y dispuestas a avasallar. Si se daba de bruces contra una congénere suya reforzada por el acento, tenía todas las de perder y, efectivamente, era absorbida por ella en la pronunciación: ela agua o ela ave, por ejemplo, se articulaban elàgua, elàbe y, de ahí, su división el agua, el ave. Cuando se consumó la última fase, en la que, por la pérdida de la e-, ela se fijó definitivamente como la, el el de el ave o de el agua se encontraba ya fijado sin posibilidad de perder la única vocal que presentaba.

En casos como los de el área, el aula, el hada... no se trata, pues, de un el masculino, sino de otra forma del artículo femenino casualmente coincidente con la masculina. Se dirá que mantener hoy esta norma supone dar pábulo a una antigualla. Es verdad. La lengua culta conserva muchas antiguallas que, precisamente, contribuyen en gran medida a caracterizarla. Como ese -go, por ejemplo, de conmigo o de contigo: desde un punto de vista ahistórico, ¿qué sentido tiene?; y, sin embargo, tachamos de vulgares sus versiones respectivas, mucho más coherentes con el sistema del español actual, *con mí y *con ti.

Por las neuronas de muchísimos de los que desconocen la verdadera naturaleza del el en cuestión (la inmensa mayoría) cruza veloz el siguiente silogismo automático: "Cuando digo el frontón, el túnel, el tema..., digo ese frontón, el mismo túnel, todo el tema...; es así que digo el hada, el aula, el área...; luego deberé decir *ese hada, *el mismo aula, *todo el área..." Técnicamente perfecto, pero parcial: si el pensador hubiera incluido en el razonamiento la variable "plural", habría advertido que se dice los frontones, los túneles, los temas, pero no *los hadas, *los aulas ni *los áreas. Así habría descubierto el otro el: al quitarle el antifaz, habría aparecido su género original, femenino como el de su mellizo la.


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