Volver 106. ¡Cuidado con los préstamos!

"¿Te prestas para acompañarnos al supermercado?", me dice un allegado; y ante mi rotunda negativa, quizá un poco brusca, se queda extrañado, esperando mi excusa. "No; no tengo ninguna buena excusa, sino una razón muy poderosa" le digo: "me ofrezco a acompañaros; accedo a ayudaros a hacer la compra y transportarla, si es necesario, pero no me presto para nada."

Y subrayo esta humilde preposición porque en ella está la clave de este pequeño enigma lingüístico. El verbo prestar, que en sí mismo significa ‘entregar o dar algo provisionalmente, a condición de que se devuelva o restituya’, bien se trate de algo material o de algo más abstracto, como en la frase "préstame un poco de ayuda", se utiliza en la construcción prestarse a algo con dos acepciones también muy comunes en el habla de la calle: una es la de ‘dar motivo u ocasión para algo’, según lo expresa el DRAE; así lo vemos en la frase "Su actitud se presta a malos entendidos" Otra, la de ‘ofrecerse’, ‘acceder o avenirse a algo’; así "Ella se prestó amablemente a acercarnos a nuestra casa en el coche"

Lo que ha de tenerse en cuenta es que en tales casos la construcción se hace siempre con la preposición a, y no con la preposición para; de lo contrario, se corre el riesgo de que el oyente interprete la frase como ofrecimiento de un verdadero préstamo, y no como una prueba de que se accede a algo.

Como advertimos cientos de veces, las pobres preposiciones desempeñan un papel importantísimo en la armazón de las frases, y pueden hacer variar completamente un mensaje; a pesar de ello, no obtienen por parte de los hablantes el merecido reconocimiento y respeto. Más bien parece, desgraciadamente, que diese lo mismo usar una por otra, o no usar ninguna.


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