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| 127. Avalancha de eufemismos | ||
Es natural que los cambios sociales traigan consigo novedades en el lenguaje utilizado por los hablantes, y así no nos debe extrañar, por ejemplo, que palabras hasta hace bien poco usadas solo en masculino adquieran género femenino, como prueba del acceso de la mujer a profesiones antes exclusivas de los varones. Parecería, en cambio, poco justificado que estas novedades no obedeciesen a cambios en la realidad designada, y, sin embargo, es fácil comprobar el abundante uso que hacemos de nuevas denominaciones para viejas realidades: suponemos que algo ha debido cambiar en las cárceles, pero está por ver si tanto como para sustituir su rancio nombre por el de establecimientos penitenciarios; los agentes de la autoridad ya no multan, pero imponen sanciones pecuniarias; la denominación de pobres se reserva para los de solemnidad, los demás son ahora económicamente débiles; los ciudadanos observan incrédulos que las empresas y el Estado ya no sufren pérdidas, sino crecimientos negativos. Podríamos hacer una lista interminable. ¿Cuáles son las razones de este proceso? Cuando ciertas palabras resultan molestas, incómodas, duras, se intenta suavizar la comunicación lingüística cambiándolas por otras que no arrastran consigo ese sambenito y que denominamos eufemismos, es decir, 'palabras felices'; no es sino un juego social: disfrazamos los hechos con nuevas vestimentas, y, para decirlo con una expresión tradicional, tenemos los mismos perros con distintos collares. Es un fenómeno conocido en toda la historia de nuestra lengua, pero de un tiempo acá los políticos y los burócratas utilizan este recurso profusamente para desdramatizar la vida social: no de otro modo el agrio debate sobre la legación del aborto se convirtió en el de la interrupción voluntaria del embarazo, igual que, en la época en que se hallaban prohibidas, las huelgas se convertían en paros laborales. Este uso se expande a través de los medios de comunicación, y los hablantes de a pie observamos cómo muchos problemas que nos afectan directamente parecen perder importancia al cambiarles el nombre; solo hasta que descubrimos que la realidad es muy tozuda, y que los problemas siguen en el mismo punto en que estaban. |
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