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Una
fiesta marcada por el símbolo, por
el significado, por las tradiciones expresadas
por ‘El Voto de San Bernabe’ «por
siempre jamás»
PABLO G. MANCHA
San Bernabé es una fiesta marcada por
el símbolo, por el significado, por
la estructura ausente, que diría Umberto
Eco: dios pagano de la semiótica, que
en Logroño estos días sería
un ser feliz escrutando la flor de Lis del
escudo de la ciudad (concedidas por Carlos
I por el valor de los logroñeses durante
el sitio francés de 1521), el aspa
del pendón o dando rienda suelta a
sus indagaciones mientras grupos de jóvenes
adolescentes pasan una y otra vez bajo el
arco de Portales a ver si el destino les depara
un varón digno de su belleza y de su
simpatía jovial.
Y es que San Bernabé es como un libro
repleto de significados, de mitos e incluso
de supersticiones. De hecho, hay algún
especialista en estas cuestiones que es capaz
de sostener que es necesario pasar tres veces
(tres, ése es el número) por
debajo de la puerta mágica de la Erbentia
–calle Portales– para que Cupido
le lance a uno el venablo. Incluso, se ha
llegado a oír que para que el conjuro
obre con más vehemencia, hay que pasara
a la pata coja. Otros dicen que es mejor pasar
sin respirar y volver una vez casados... De
unos años a esta parte, otra costumbre
es llevarse las ramitas de boj a casa casi
de una en una.
Pero hay una parte de toda la simbología
que tiene un origen, digamos que canónico,
y que viene marcado en el Voto de San Bernabé
«para siempre jamás». Este
documento expresa que bajo los arcos triunfales
debía pasar la procesión de
San Bernabé. Antaño, dicha anda
era transportada por labradores, dado que
Logroño era una villa eminentemente
agrícola. En la cabeza de la procesión
se sitúa el alcalde, ondeando en Pendón
de la ciudad. Pero existen tres lugares donde
el alcalde ha de dar los tradicionales banderazos.
El primero, bajo el Arco de San Bernabé,
como símbolo de la existencia de la
Puerta de la Erbentia; el segundo, frente
a la puerta del Hospital de La Rioja, enclave
histórico de la Puerta de San Francisco,
y el último y más conocido,
en la Puerta del Revellín, la única
que se conserva de las murallas originales.
Aquellas que resistieron el sitio de Asparrot.
Pero cuando el general galo se enteró
–el 10 de junio de 1521– de que
20.000 hombres armados hasta los dientes acompañaban
a Antonio Manrique, a la sazón duque
de Nájera y virrey de Navarra, con
la intención de plantar cara al invasor,
levantó sus reales de las inmediaciones
de nuestra ciudad y volvió las grupas
de sus caballerías dirección
a los Pirineos.
La ciudad, toda ella sumida en el más
emotivo y profundo de los alborozos, celebró
su resistencia a los francés y su victoria
final. Así que al día siguiente,
once de junio, la ciudad toda juró
el Voto de San Bernabé, que cada año
se conmemora en recuerdo de la gesta de 1521.
Pero después de los más de cinco
siglos que han transcurrido desde aquella
fecha, muy pocas cosas han cambiado en la
forma que tienen los logroñeses de
celebrar estas fiestas. Se sabe que durante
los siglos XVI y XVII se llegaban a colocar
cinco arcos triunfales muy parecidos al único
que ahora se instala frente al palacio de
los Chapiteles. Y como el Voto de San Bernabé
señala, la procesión pasa por
debajo de este gran símbolo. Y a su
cabeza, el alcalde de la ciudad portando el
pendón. Así que con el pez y
el vino, los banderazos y la procesión
de San Bernabé, Logroño recuerda
sus hechos más míticos.
El pendón de Logroño o bandera
de la ciudad posee un origen incierto. Su
signo definitorio es una cruz en forma de
aspa que simboliza el sacrificio de San Andrés.
La cruz, reconocida oficialmente en el siglo
XVIII, se puede encontrar en diversos blasones
de la capital riojana. Este símbolo
fue colocado con motivo de la ayuda prestada
por la ciudad de Logroño en la toma
de Baeza en 1227, siendo una concesión
de Fernando II El Santo. El pendón
o bandera de la capital riojana aparece al
inicio de las celebraciones patronales, protagonizando
el acto de apertura de las fiestas bernabeas.
Durante los días de asedio, muchas
fueron las vicisitudes que tuvieron que afrontar
los logroñeses; el hambre también
fue una de ellas. A falta de otro alimento,
los habitantes que resistían al otro
lado de la muralla hubieron de ingeniar algunas
tretas para conseguir viandas. Puesto el sol,
los logroñeses, cuidando de no ser
vistos por los franceses, se adentraban en
el Ebro para pescar algunos peces, ciprínidos,
para ser más exactos. Eso y un poco
de pan y vino, reservado en las bodegas de
la ciudad, ayudaron a sobrevivir al asedio
francés. Desde entonces, el 11 de junio
se conmemora la liberación del pueblo
logroñés de los franceses con
el reparto del pez, pan y vino entre los ciudadanos.
A cargo, por supuesto, de la Cofradía
del Pez y en un lugar emblemático:
el Arco del Revellín. Habrá
que mirar por si se ve a Umberto Eco escrutando
los sabores semióticos del asunto.
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