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El
que no corra, camicace
La tercera suelta
de vaquillas en La Ribera provocó
tres heridos
TERI SÁENZ
- LOGROÑO
E equivoca quien
cree que un encierro dura lo que le cuesta
entrar en los corrales al último
toro. El espectáculos más
madrugador de San Mateo arranca mucho
antes del disparo del cohete.
Los corredores se
congregan unos minutos antes en sus lugares
acostumbrados a lo largo del recorrido.
La mayor parte de ellos, en el primer
tramo de la calle Manzanera y en la curva
que vira hacia Doce Ligero, los dos puntos
donde la geografía del recorrido
calibra realmente la habilidad y el miedo.
Es allí donde se masculla toda
el nerviosismo que condensa la carrera
de los toros. Una tensión que no
se limita al peligro de ser embestido,
sino que se empapa de la liturgia que
implica observar cómo los primeros
participantes inician la carrera, compartir
la carrera atropellada del resto de corredores,
o sufrir la contundencia de las vallas
cuando cuatrocientos kilos sobre cuatro
patas vienen lanzados como un obús.
Se trata de un miedo en movimiento, que
agita el pulso un instante, como el del
chaval que va a robar un caramelo en un
supermercado y sale disparado cuando huele
al guarda jurado.
Todo eso se vivió
también en el quinto encierro de
las fiestas, pero mucho más amortiguado
que el resto de la semana. Las obligaciones
laborales y el cansancio mermaron las
presencia de corredores sobre el asfalto.
No así entre el público,
que sigue con una fidelidad ciega su cita
matinal. La escasez de gente facilitó
el encierro más veloz de los sanmateos
en dos vueltas que apenas superaron los
dos minutos. Los astados de la ganadería
de Jesús Estenaga de Espronceda
(Navarra) también notaron esa amplitud
en una carrera compacta donde ni Romerito,
Lunático, Palmero, Inquieto, Capitán
ni Salado se salieron del guión.
Una carrera limpia
que no requirió la participación
de las asistencias sanitarias y que sirvió
de aperitivo para esa especialidad olímpica
del desahogo y la excitación colectiva
que resultan las vaquillas.
Golpes y mareos
Igual que la carrera
de los encierros requiere una técnica
propia, el espectáculo de las vaquillas
guarda su propio manual para manosear
el miedo. Por tener, tiene hasta sus especialistas.
Basta con afilar la mirada para reconocerlos
entre las docenas que saltan cada mañana
al ruedo de La Ribera. Y es que, los hay
que se acercan a 200 metros y los que
se aproximan a 20. Algunos se empeñan
en su subir en el escalafón sin
otro mérito que un carajillo en
el cuerpo, pero la mayoría salen
trasquilados. Para la concurrencia, éstos
tienen tanto mérito como aquéllos.
O al menos, les jalean igual, que en el
circo romano en que se transforma el coso
cada mañana hay tanta sed de exhibicionismo
como de sangre.
La primera de las
vaquillas cocinó ese gazpacho de
agilidad y contusiones. Sin las surrealistas
colinas de tierra de la primera jornada,
pero con unas reses de más brío
que el día anterior, los animales
de ayer permitieron discernir inmediatamente
a los buenos recortadores de los candidatos
a visitar la enfermería. La debutante
no tardó mucho en atrapar a su
primera presa para éxtasis de las
casi 7.000 personas que acudieron a la
plaza. Un clímax que se desbordó
con un nuevo envite al mismo aficionado
que, después del traspiés,
y con el arrojo inconsciente de los maletillas
malheridos, saltó de nuevo para
volver salir trasquilado. Dos y no más,
Santo Tomás.
Fue cuando se despejó
el terreno de aspirantes al empellón
cuando se pudieron disfrutar de los cites
más vibrantes. Entre las decenas
de visitantes se escondía el que
enfiló a la segunda de las vaquillas
y corrió hacia ella para, cuando
ya los jugos gástricos se desbordaban,
saltó por encima de ella con la
naturalidad de los suicidas.
Otro puñado
de recortes con clase se intercalaron
con los trompicones de rigor, y hasta
una mujer de entre público padeció
los rigores de la plaza sufriendo una
lipotimia que obligó a los miembros
de Cruz Roja a trepar hasta la cima de
la plaza. En total, cuatro asistencias
que demostraron como la militancia a las
vaquillas tiene sus propios camicaces.
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