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Brillante
clausura pirotécnica
"El Portugués"
cerró los fuegos con gran éxito
popular
B.M.ZAPORTA - LOGROÑO
El broche final de
los fuegos mateos fue de oro. Grandioso.
Quien presenciara el espectáculo
que la pirotecnia "El Portugués"
tenía preparado para el día
24 sabrá que no hay palabras para
describir las sensaciones que despertó
ver en una noche lluviosa arder el cielo.
"El Portugués",
que recibió una placa como recordatorio
que le entregó el Ayuntamiento
de Logroño, hizo enmudecer al Ebro.
Cortó la respiración del
agradecido público desde el inicio
que empezó fuerte, con explosiones
bajas de las que nacieron volcanes de
color dieron paso a la inquietante colección.
Inquietante, porque fue muy rápida,
coordinada y rítmica ya que la
pirotecnia disparó sin descanso.
El viento no estaba
de su lado, pero aún sin tener
el favor de la climatología, "El
Portugués" demostró
en la quema su agradecimiento al pueblo
logroñés por el premio recogido
en el concurso de los San Mateos pasados.
Los valencianos combinaron con acierto,
en el intenso cuarto de hora que duraron
los fuegos, el ruido con la fuerza del
color.
Desde los primeros
minutos, la cúpula celeste quedó
cubierta de palmeras que en algunos momentos
no dejaron ni vislumbrar el cielo. Las
figuras, de gran calidad, llegaron un
poco después. Los corazones se
sucedían a buen ritmo dibujándose
perfectos manteniendo su efecto. Las flores
con pétalos transformaron el cielo
en un jardín de luz y es que, aunque
la pirotecnia tenía un presupuesto
de dos millones, es evidente que no escatimó
en gastos y la cantidad de disparos lo
demuestra. Los aros concéntricos
no quisieron perderse la escena y se presentaron
brillantes y en bicolor con combinaciones
de colores básicos, por ejemplo,
el azul y el rojo.
Explosiones de agua
Los aplausos de la
gente se oyeron constantemente de una
orilla a otra del río Ebro. La
muestra estaba gustando y mucho, pero
en el momento de los fuegos acuáticos
el entusiasmo inundó el ambiente.
Las explosiones en el agua hicieron vibrar
al público. En un abrir y cerrar
de ojos, las fuentes de luz tomaron altura
y a modo de majestuosas colas de pavos
reales formaron una cortina de luz y color
que arrancó los más emocionados
y enérgicos aplausos de la noche.
A pesar de la fama
valenciana de introducir en sus montajes
pirotécnicos mucho ruido, en esta
ocasión los estruendos fueron los
justos. Supieron amoldar la colección
al gusto del norte, y en concreto, al
de Logroño, mucho color y efectos
sonoros los necesarios. Los silbatos surgieron
intermitentes, pero no fueron excesivos.
Para tranquilizar
al espectador logroñés,
la pirotecnia utilizó en un cambio
de fase efectos lentos, que subían
como estrellas fugaces dibujando una estela.
Este efecto fue una novedad, ya que en
los días anteriores no se había
visto nada semejante.
Muy cerca de la apoteosis
final, anunciada con enormes truenos,
sí hubo efectos ensordecedores
de un estilo típicamente valenciano
que provocaron que más de uno se
tapara los oídos. El momento cumbre
significó el despliegue máximo
de luz, ruido y color. La apoteosis se
sintió de verdad, más que
en días anteriores.
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