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Portales
manda
El corazón de
las fiesta ya no vive en El Espolón:
los latidos suenan más al norte
P.ÁLVAREZ
- LOGROÑO
Seguro que lo recuerdan
ustedes. Fue hace no muchos años:
el Ayuntamiento de turno anunció
que iba a peatonalizar algunas calles,
y ardió Troya. Hubo hasta caceroladas,
y algún alcalde posterior fue visto
en la cabeza de la manifa. Y es que iba
a ser el fin de esas calles. El acabóse.
Quién va a venir aquí, decían,
si no se puede pasar en coche.
Pasan los años y, la verdad, los
vecinos de la manifa han quedado un poco
mal. Ahora sus pisos valen mucho más,
y alquilar un local comercial cuesta un
ojo y la córnea del otro. Y ahora,
en San Mateo, resulta que una de esas
peatonales es, por derecho, el corazón
de la fiesta. El Espolón ha perdido
el cetro: la reina de las fiestas es la
calle Portales.
Por derecho propio, y sin la intervención
del Ayuntamiento, que es como las coas
salen bien en fiestas. Es, ahora mismo,
una calle historia. Con historias.
- Haciendo el indio.
Nada queda de los antiguos mimos, vestidos
de etiqueta, cara blanca y pegados a una
pared inexistente. Ahora se llevan las
estatuas. Pero no se crean que hechas
de cualquier modo: maquillaje perfecto,
vestuario rebuscado, actitudes estudiadas.
Estatuas que funcionan como las tragaperras:
si les echas una monedita, agradecen y
cambian de postura. En Logroño,
cuatro modalidades: el indio dorado, amenazante
con su lanza; el demonio rojo y negro,
"agradeciendo" con un porrazo
en todo lo alto a quien le echara un duro;
los fantasmas, altos y blancos. Y la meliflua
señorita gris, florista romántica
que entregaba tréboles de cuatro
hojas a cambio del donativo. Cada uno
con su corro. El fin de semana recibían
tanto que apenas les quedaba algo de estatua,
de todo lo que se movían.
- Mickey a la orden.
Oigan, esto parece Disneylandia. Un disfraz
de ratón Mickey y un puñado
de piruletas de corazón: los niños
se hacían fotos y/o recibían
su caramelo con palito a cambio de un
donativo mínimo. Simple y barato.
Y mudo. ¿Porqué nadie habla
en las atracciones de calle?
- Diábolo
volador. Algo si hablaba, aunque no más
allá de "¡hola!",
el artista de la pista que tiraba de diábolo
en la Plaza de San Agustín. Un
fenómeno, se lo digo yo. El artilugio
subía por encima de los tejados
de Correos, bajaba brillando en plena
noche y caía en la cuerda ante
el pasmo de la (mucha) concurrencia. El
malabarista se llevaba muchos aplausos
aunque -costumbre deleznable- bastantes
de los que aplaudían se escabullían
por el foro cuando tocaba pasar la gorra.
Agarraos.
- Perú pregrabado.
Lo que las ciencias adelantan... Cuatro
peruanos tocando la flauta, y lo bien
que sonaban. Claro que no toda la música
la tocaban ellos: sonaba un bajo, una
batería, algún instrumento
de cuerda... que no se veía. Luego
se aclaró (cuando ellos no estaban
y la música seguía): los
flautistas tocaban sobre bases pregrabadas.
Ay, tramposillos...
- Papiroflexia rentable.
¿Cuánto tiempo aguantaría
usted un programa de televisión
en el que un joven greñudo doblara
papelitos? Pues en Portales, la gente
lo soporta. Claro que la cosa tenía
miga: el caballerete en cuestión,
con papel, tijeras y un par de esprays
era capaz de casi cualquier cosa. Unos
lirios asombrosos, por ejemplo. Y tenía
un corro constante, sobre todo a base
de chicuelos asombrados. Criaturas.
- La jirafita. Todos
los años hay, entre los vendedores
ambulantes de manta en el suelo, un artículo
estrella. Este 2001 le ha tocado a la
jirafita sombrero. "Sombrero"
porque no queda claro para qué
sirve el peluche en cuestión, y
porque más de uno lo lleva encasquetado
en la cabeza. Por lo demás: paraguas
(buena visión comercial) decorativos
arcos y sus flechas, pañuelos (la
pashmina está de capa caída),
pistolas de imitación...
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