Una de vaqueros
Encierros y vaquillas
A curar las heridas (es un decir)

Las vaquillas cumplieron las expectativas del público tras saltar una de ellas al callejón

M.J.L. LOGROÑO

Ahora, a reponerse. Si queda algún magullado, que se cure las heridas. Pero él sabrá de qué son, porque las vaquillas de estos últimos días han sido de lo más inofensivas y no han hecho daño a nadie. Ni un mal revolcón lograron ayer. Quizá sea que, al final, saltan los mismos todos los días, terminan de lo más entrenados y libran de todas, pero también que las reses de ayer, como las del miércoles, daban bastante poca sensación de peligro y los corredores, que parecían tener ganas de hacer algo a modo de despedida, se llegaban a frenar casi del todo ante ellas para mirarlas tiernamente a los ojos. En cualquier caso, las vacas de ayer cumplieron las expectativas en un aspecto. Todo el mundo esperaba que alguna saltara al callejón y cada vez que una se acercaba a las tablas, el público de la zona se levantaba para no perderse la maniobra. La tercera de la mañana, por fin, lo hizo y se ganó una ovación generosa, sólo comparable en intensidad a las quejas que formuló el respetable cuando se decidió la retirada del animal.

No sabía entonces aún el público lo fundadas de sus reclamaciones, porque lo que salió después fue puro aburrimiento, incluso en la séptima, la que concede la presidencia una vez que se supone que ha concluido el festejo. Y eso que ésta no fue una, sino que salieron dos a la vez. Los que empezaban a salir del recinto se detuvieron porque el asunto prometía, pero poco a poco se fue deshinchando el asunto y casi se agradeció el punto y final definitivo. La presencia de público, como todos estos días pasados, fue numerosa. Increíble que un jueves, último día de fiestas, con buena parte de la ciudad ya funcionando con normalidad, tanta gente pueda hacerse un hueco para acudir a estos festejos. Porque no son sólo estudiantes los que acuden. El personal es de toda edad y condición, que se levanta tempranito para acicalarse y acudir a la plaza. Entre semana tampoco ha habido tanto trasnochador y, en el conjunto, éstos se quedaban casi en una anécdota. Una vez arreglados, lo de desayunar en casa o no ya es más accesorio, porque los hay que antes pasan por la degustación de chocolate con bizcochos (y moscatel) que cada mañana ha preparado y repartido junto al Ayuntamiento la peña La Unión. Pero también los hay que han esperado a salir de la plaza de toros. Ayer, el chocolate llegó más que justo y en la cola se hacían cuentas para ver si llegaba o no después del rato esperado. Los últimos, a verlas venir. Otro año será. Ahí si que están bien los niños. Tomando chocolate y no en otras partes. También ayer se vieron más menores que otros días alrededor de estos actos. A primera hora, en el encierro, algún padre paseaba a su hijo por el recorrido que luego seguirían los toros. Claro, decía que lo iba a poner en tras las tablas, pero justo entonces volvían los caballos de llevar a unos cabestros. Y es que por ese trayecto pueden pasar animales de todo tipo (y ninguno pequeño) en distintos momentos, no todos avisados. Durante el encierro, y aunque a alguna distancia, también se vio a unos cuantos chavalillos, al menos tres, que no habían cumplido la edad precisa, que se ha bajado a 16 años, pero que necesariamente tiene que ser ésa. Y, una vez terminado éste, cuando los cabestros regresaban, iban precedidos de un grupo de niños corriendo, tal y como habían visto hacer antes a los mayores. Serán mansos, pero no dejan de ser bien grandes y quién sabe.

El Ramillo, la mejor

El encierro como tal se desarrolló sin incidentes. Puntualísimo como todos los días, el cohete anunció la salida de las reses, que esta vez fueron de la ganadería de El Ramillo, de Rincón de Soto. Todo pasó muy deprisa. Tanto que una de las vueltas de ayer fue la más rápida de todas las fiestas con una duración de 2,35 minutos. Las reses bravas ­Furraquito, Perrito, Cornudo, Cenizo, Cartonero y Toquinero, con un peso medio de 485 kilos y 4 años de edad­ corrieron más agrupadas en su primer recorrido por Doce Ligero, mientras que, al llegar a la parte final del segundo, ya se alejaron algo más de los cabestros y en el hueco que quedó entre un grupo y otro fue donde los más expertos se colocaron para hacer sus buenas carreras y disfrutar a sus anchas. No pasó nada. Sólo alguno terminó por los suelos al intentar salir del grupo y por la propia velocidad del conjunto. Al final, los corredores consideraron la de ayer, El Ramillo, como la mejor ganadería de este año, pero seguida muy de cerca por otra con la que quienes saltaron a Doce Ligero disfrutaron mucho, la navarra de Jesús Macua, cuyos toros participaron en los encierros logroñeses el pasado lunes, día 23. Apenas se han dado incidentes este año en este tipo de eventos.

La media de intervenciones de los efectivos sanitarios no ha pasado de dos ó tres y, en todos los casos, por golpes o contusiones. Los toros poco han tocado al personal, que, por cierto, no ha faltado. Si el fin de semana hubo gente, tanto para participar como para correr, el resto de los días la afluencia tampoco ha disminuido tanto. Sólo un día se dio un incidente poco agradable, cuando un joven que había bebido en exceso comenzó a caminar en sentido contrario al de llegada de manada y corredores, con lo que el grupo le alcanzó y fue derribado y, luego, se ganó la bronca de los demás porque los había puesto en peligro. Pero fue la excepción porque, en general, también el comportamiento de las personas que se metieron al recinto del encierro fue correcto. Si siempre hay algún sinsustancia que cita donde no debe o como no debe, este año se vieron menos cosas así. Y en todos estos actos se han visto más inmigrantes porque cada vez son más los que se han asentado en la ciudad. Algunos para mirar, porque el asunto no deja de ser curioso. Así, en frío, se trata de soltar toros por la calle, mientras que un grupo de gente se pone delante de esos bichos de más de 400 kilos para correr. A ver cómo lo explican en su próxima carta a Paquistán o a Rumanía. Otros se han decidido a participar en una forma de llevar la integración hasta unos límites en absoluto exigibles. Más de uno de los atendidos por Cruz Roja estos días, y eso que no han sido muchos, ha sido de estos logroñeses recientes. Guardamos ahora los trastos hasta el año que viene. Se trata de unos actos que tienen un público fiel y numeroso con una minoría más participante que también es cada vez más experta. A ver si el año que viene ya el encierro acaba en La Ribera.




 
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