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FUEGOS
Y MÚSICA
Pirotecnia Caballer
unió en el cielo del parque de San
Miguel fuegos y música, en un espectáculo
mágico
INÉS MARTÍNEZ
Última noche y probablemente la más
esperada en lo que a fuegos artificiales se
refiere. El parque de San Miguel vivió
el sábado la magia desplegada por la
compañía pirotécnica
Caballer, especialista en grandes eventos,
inauguraciones, parques temáticos,
piro-musicales y multimedia, que fundió
acertadamente música y fuegos artificiales
sobre el cielo de Siete Infantes.
Quizá
fue porque en años anteriores el despliegue
pirotécnico de esta compañía
resultó realmente apabullante, pero
yo me esperaba más. A pesar de ello,
Caballer llenó la Ñ de Logroño
de miles de personas que disfrutaron y aplaudieron
la sincronía y el espectáculo
de 18 minutos de buena música y fuegos
artificiales que se unieron en la noche en
un castillo de color y sonido.
22.429 unidades de carcasas, 1.530 kilos de
explosivos, bomberos de color, ruedas, candelas
romanas, candelas piocha, relámpagos,
carcasas de sirenas,... todo ello acompañado
por la fuerza de 32 gigantescos altavoces
que, sujetos en el aire por dos enormes grúas,
ayudaban al disfrute de una elegante elección
musical que recorría diferentes estilos:
Also Sprach Zarathustra de Richard Strauss,
Carmen de Bizet, Sinfonía del nuevo
mundo de Antonin Dvorak, La boda de Luis Alonso
de Gerónimo Giménez, Danza Slava,
de Richard Wagner y Amarok de Mike Olfield.
Y
la noche acompañaba. Un ligero viento
con una justa y necesaria fuerza ayudó
a la dispersión del humo de los fuegos,
lo que permitió disfrutar del espectáculo.
Los nervios acechaban minutos antes del comienzo.
Carlos Llorens aseguraba que Pirotecnia Caballer
ofrece «diseño, creatividad,
ideas y espectáculo», una compañía
que lleva 120 años vendiendo espectáculos
pirotécnicos y fue la primera pirotecnia
española que ganó el ‘Júpiter
de Oro’, el mayor galardón que
se puede recibir en el mundo de los artificios.
Despliegue de efectos
Luces fuera (menos las del hotel NH), y acción.
La exhibición comenzó con una
serie de fuegos bajos que se alzaban hasta
media altura en colores vivos. Los momentos
más melódicos de las canciones
resultaban espectaculares en su sincronía
con la música. La introducción
al espectáculo fue lenta y progresiva
y la banda sonora sostenida en el aire a treinta
metros de altura consiguió que el público
entrara de lleno en el exhibición.
Los temas frenéticos y las composiciones
relajadas se acompañaban en el cielo
con conjuntos pirotécnicos de estudiada
velocidad y fuegos que se coordinaban a diferentes
altura.
Las miradas de los logroñeses echaron
de menos grandes momentos de fuerza y arrebato
y un mayor despliegue de fuegos a gran altura.
La compañía se recreó
en los fuegos de suelo. Una pena, porque a
pesar de su espectacularidad y brillantez,
no pudo ser disfrutada por todo el público.
Momentos de lentitud que se vieron recompensados
son un final apoteósico, sonoro, colorido,
original y, por supuesto, musical, en el que
se pudo apreciar todo un distinguido elenco
de efectos.
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