|
GRITOS POR EL CAMBIO
Los encierros terminan
su segundo año en el nuevo recorrido
pidiendo a gritos un cambio
Álvaro Soto
p. álvarez
Esto no va. Los encierros, un acto caro, comprometido
y peligroso, no funcionan en Logroño.
Con no mucho público y menos corredores,
los doce recorridos logroñeses de este
año ha sido cualquier cosa menos emocionantes,
aparte de algún susto puntual. Es la
hora de preguntarse por qué esto no
pasa.
El
recorrido. La herradura dibujada por el Ayuntamiento
alrededor de La Ribera ha cumplido su segundo
aniversario, y ha logrado una extraña
unanimidad: no gusta a nadie. La prolongadísima
curva hace que los toros reduzcan su velocidad,
y que se apelotonen en en el lado exterior
del giro. Además no se puede ver a
la manada desde lejos, lo cual dificulta que
los corredores se acoplen. Resultado: los
mozos se concentran en el mismo sitio, en
la recta. Y es, además, un recorrido
tirando a corto.
La plaza. La única justificación
de ese extraño recorrido era que los
toros entraran a la plaza. Pero no entran.
¿Por qué? Porque nadie, durante
la planificación o construcción
de La Ribera, tomó en cuenta los encierros.
O quizá sí lo hicieron, pero
para mal: la entrada al callejón parece
hecha a propósito para que no se plantee
siquiera la posibilidad del paso de los toros.
Y, a decir verdad, es difícil ver qué
interés podría tener Chopera
en que los toros del encierro realmente entraran.
Así las cosas, ningún técnico
municipal va a firmar nunca un documento que
avale esa peligrosísima entrada, a
no ser que se acometan unas costosas obras
de remodelación. Y la empresa no parece
estar deseando meterse en semejantes zambras.
El ganado. Los toros que corren en Logroño
no son nuevos en esto. Todos están
«corridos», es decir, ya han pisado
encierros otros años. El resultado:
menos peligro, carreras más limpias
y con manadas más cerradas. Pero también
unos encierros asépticos, sin pellizco,
sosos y sin emoción. Además
se han alternado toros muy dispares: o astados
que parecían erales, aunque su DNI
marcara dos años, o morlacos de 600
kilos. Tanta diferencia no ayuda a animar
a unos corredores que tan pronto pueden vérselas
con una vaquilla grande como con un Miura.
La
tradición. El argumento preferido del
concejal García Turza es la falta de
tradición de corredores de encierros
en Logroño. Razón no le falta,
y más cuando la presencia de corredores
navarros y franceses parece ser el indicador
del éxito o del fracaso. Hay que recordar,
sin embargo, que hace tres o cuatro años
el número de corredores era bastante
mayor. Y que cualquier tradición tiene
un principio: donde no se siembra, no se recoge.
En
fin. Hay mucho que cambiar, si se quiere algo
mejor. Si no, quizá sea mejor darse
mus y volver a soltar vaquillas en la calle
Portales. Más baratas y más
divertidas, seguro.
|