El peregrino que llega a La Rioja por el Camino francés contempla al entrar en Logroño una vista que no ha cambiado demasiado a lo largo de los siglos. Las siluetas de las iglesias de la Redonda -con sus torres gemelas- Palacio -con su aguja- y Santiago recorren la orilla norte del Ebro que el viajero cruzará por el Puente de Piedra y de allí, al cercano albergue de la Ruavieja -sólo hay un paso. Habrá dejado atrás el Monte de Cantabria sus ricos hallazgos arqueológicos y habrá cumplido con el rito de saludar a Felisa, la fiel protectora del caminante cuyo hogar junto al cementerio es el primer testimonio de la natural hospitalidad de los riojanos: con sus más de ochenta años a las espaldas, sentada a la puerta de su casa, ofrecerá al viajero agua fresca de su botijo y una charla no menos refrescante.

Reconfortado luego por las atenciones que se dispensan en el albergue, el peregrino comprobará que Santiago no queda tan lejos. Así lo atestiguan los numerosos rastros del Apóstol esparcidos por la ciudad, especialmente, alrededor de la iglesia que lleva su nombre, en cuya portada aparece a lomos de un caballo, convertido en Matamoros. Al lado, el juego de la oca con casillas jacobeas y, siguiendo el camino, la calle Barriocepo conducirá al caminante hacia la antigua salida de la ciudad, sus murallas y su puerta de El Revellín. Adiós, Logroño.

La sensación que despide al viajero tiene color verde: el del parque de La Grajera que en contrará en dirección a Burgos, un pulmón repleto de oxígeno que le protegerá en la siguiente etapa: Navarrete, pueblo de alfareros, con su hospital de peregrinos cuyas hermosas ruinas marcan la ruta hacia Nájera. Dejará a un lado el Poyo Roldán donde se enfrentaron Roldán y Ferragut, atravesará el modesto río Yalde por un puente de madera, cortesía de otros peregrinos para quienes vinieran después, y cruzará el corazón najerino hasta alcanzar el Monasterio de Santa María La Real, tumba de reyes del antiguo Reino de Navarra.

En la sillería del coro del monasterio, las referencias jacobeas le confirmarán que sigue el camino correcto y cuando pasee por su bellísimo claustro, comprobará que los pies van más ligeros si el espíritu se reconforta con el eco que llega desde 1065, cuando el rey Don García celebró su victoria ante el moro en Calahorra levantando en una antigua cueva este cenobio en honor de la Virgen.

Del monasterio arranca la calle de la Costanilla que, por el escenario de antiguas batallas de Pedro El Cruel, depositará al peregrino en dirección a Azofra, la siguiente etapa, un pueblo atravesado por el mismo Camino, cuyo trazado domina el curso de las calles. Aliviará la sed con el agua fresca de la fuente de los Romeros y corroborará que sigue rumbo a Santiago cuando tropiece con el Rollo de Azofra, un clásico monumento jacobeo próximo al Cerro de los Templarios desde donde ya puede atisbarse la siguiente etapa, Cirueña. Podrá entonces el viajero sumergirse en la espectacular dehesa que forman robles de más de doce metros, una colosal umbría donde refugiarse del sol que castiga el itinerario riojano en plena canícula. Sólo unos cientos de metros más allá, el viajero encontrará otro Rollo jurisdiccional que le pondrá en dirección a Santo Domingo de la Calzada.

Emblema del Camino Francés en su trayecto riojano, aquel impenetrable bosque de encinas donde habitó el ermitaño Domingo se ha convertido en el refugio favorito de cuantos peregrinos viajan hacia Santiago y encuentran allí el puente que el eremita levantó sobre el río Oja, la calzada que trazó aquel santo y el hospital y el templo también fundados por él cuando el siglo Xll daba sus primeros balbuceos. Es el más primitivo ejemplo de asistencia al peregrino, cuyo testimonio recoge hoy la Cofradía del Santo, encargada de ofrecer socorro al caminante. Su Casa es parada obligada y previa al paseo por la catedral, un estupendo modelo de arquitectura protogótica, cuyo retablo mayor, obra de Damián Forment, atrapa la atención del visitante. En el interior del templo brilla no sólo la bella cabecera románica y algunos excelentes relieves y capiteles del siglo Xll, sino el curioso gallinero donde habitan un gallo y dos gallinas, que recuerdan el milagro del peregrino ahorcado, una leyenda que transporta al viajero a la Edad Media, como esa Cruz de los Valientes que encontrará en su ruta hacia Grañón, el último pueblo riojano del Camino. De nuevo, un aroma medieval inunda el trayecto. Ecos de tiempos lejanos como el cerro Mirabel donde se erige Grañón, otro ejemplo paradigmático de urbanismo jacobeo. El trazado de las calles se pliega al peregrino, que hallará auxilio espiritual y un lugar para el reposo en la vecina ermita de Carrasquedo. La Rioja toca a su fin. Al frente, se divisa un mar de cereal que le conducirá a Burgos. Si vuelve la vista atrás, el peregrino comprenderá que se lleva la tierra riojana en el corazón.