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ENTREVISTA A
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Hace 75 años, productores, sobre todo, y bodegas de Rioja acuerdan proteger sus vinos para diferenciarlos del resto. Una historia de lucha, en muchas ocasiones contracorriente, por una tipicidad y autenticidad ganada a base de esfuerzo y valentía


De ley
por A. Gil

LA Denominación de Origen Rioja, que cumplió 75 años el pasado mes de junio, es hoy uno de los patrimonios socioeconómicos más importantes de la región. Después de tres cuartos de siglo de historia, con los habituales conflictos entre productores y comercializadores, Rioja deja atrás una senda abierta a base de esfuerzo y de innovación.
El origen de la Denominación tiene mucho que ver con el impulso que la vitivinicultura riojana recibió a finales del siglo por la filoxera francesa y el prestigio obtenido unos años antes en la elaboración de vinos finos de Rioja por las hoy bodegas centenarias. La temida plaga llegó a España años después y hubo que esperar a la década de los veinte para que el cultivo se recupera en la región. La Denominación nació entonces, después de un fuerte conflicto político (en el Directorio Militar de Primo de Rivera) entre las Bodegas Cooperativas de los Sindicatos Agrícolas de La Rioja (BCSACRA), encabezados por Felipe Ruiz del Castillo, y la Asociación de Exportadores de Vinos, con José María Martínez Lacuesta como presidente.

Primer reglamento (24-2-1928).
Los intereses de ambas partes eran casi antagónicos y, mientras las cooperativas promovieron la aprobación de un reglamento estricto con los registros de los movimientos de vinos y con la prohibición de las habituales mezclas con vinos de otras zonas (coupages) ­indispensables para la elaboración de vinos y otros productos (cognac, champán...)­, las bodegas veían más peligros que bondades. La postura de los cosecheros se basaba en la experiencia comprobable de las "adulteraciones habituales de vinos, la falsificación de marcas y el engaño escandaloso en la indicación de procedencia", según la carta enviada a Madrid para justificar sus pretensiones.
Por su parte, los exportadores vieron en la propuesta un grave perjuicio por la competencia de otras regiones sin limitaciones. Finalmente, la Presidencia del Directorio Militar publicó el 6 de junio de 1925 una real orden en la que se denegaban las peticiones de las cooperativas sobre aforos y registros de los movimientos de vino, pero que autorizaba a la Región Riojana para la creación de una marca colectiva (entonces para vinos de mesa). Una solución salomómica que agradó más a los exportadores ­que temían más restricciones­ que a los cosecheros. Ya entonces, detrás del conflicto de intereses entre ambas partes subyacía detrás el problema de distribución de las ganancias del vino riojano.
El primer reglamento tardaría apenas tres años en ver la luz (24-2-1928) y un mes después se publicaría el listado de localidades con derecho a utilizar la indicación Rioja (30-3-1930). Aquel reglamento admitía con carácter excepcional, no por ello menos habitual, el empleo de un 20 por ciento de vinos de otras procedencias para los coupages. El primer listado de municipios incluyó todos de los de la provincia de Logroño (pese a que muchos no cultivaban la vid) y prácticamente los mismos de hoy de Navarra (faltaban entonces Aras, Azagra y Bargota) y Álava (entonces estaba Viñaspre).
Rioja fue la segunda denominación de origen española, después de Jerez, aunque, en los años previos al Estatuto del Vino de 1932, en muchas otras regiones productoras fueron fructificando iniciativas similares. La ley del 32 reconoció 19 nombres geográficos: Jerez, Rioja, Málaga, Tarragona, Priorato, Penedés, Alella, Alicante, Valencia, Utiel, Cheste, Valdepeñas, Cariñena, Rueda, Ribeiro, Manzanilla-Sanlúcar de Barrameda, Malvasía-Sitjes, Noblejas y Conca de Barberá.
Sin embargo, el Consejo perderá las funciones de control, apertura de expedientes y sanciones ­con las que contaba en 1926­ en manos de una Junta Provincial, que designaría además a dos de los siete vocales. La división de intereses caracterizó la formación de la Junta, lo que, junto con la inestabilidad nacional e internacional y las malas cosechas, impidió la redacción de un nuevo reglamento, quedando el Consejo (ya en tiempos de guerra) sin actividad.

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