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CRÉDITOS


De vinos y símbolos
Jeremías Lera Barrientos
licenciado en Filología Bíblica

Dicen que el pan y el latín son sagrados. El vino y los símbolos no lo son menos. Porque alimentan el espíritu. Zorba, el griego, enseñó a su camarada que la mesa es también una ocupación espiritual, pues la carne, el pan, el vino ­decía él­ son la materia con que el espíritu se configura. Parece ser que en ese microcosmos que somos los humanos nada es plenamente material, nada espiritual del todo.
Los vinos mejoran con los años. Los símbolos con los siglos. No todos. Algo parecido a lo que decía Jorge Luis Borges del tiempo, que despoja los alcázares pero enriquece los versos. ¿Por qué entonces pierde uno tan pronto la fascinación simbólica que tuvo de niño, cuando las cosas más elementales y rutinarias escondían sus aristas misteriosas? Los escritores, los artistas, los cineastas, consiguen, con suerte, hacérnoslo ver. Sospechamos después que hay cosas que cuanto más cambian, más iguales son.
Una copa de vino puede albergar un mar de recuerdos, de resonancias, de luces y sombras. Siempre será misterioso, siempre igual, siempre distinto. Como los símbolos, siempre interpretados, siempre interpretables. Las mismas palabras, cuántos matices encierran. "Qué gozo que no sean nunca iguales / las cosas que son las mismas", dejó escrito Pedro Salinas.
Buen símbolo el vino. Cuando es capaz de fundir en un fugaz instante las delicias del paladar y del espíritu. Sangre de la tierra, aliado tradicional del amor, resorte del conocimiento iniciático y de la alegría de vivir. También lo contrario, y por eso, por peligroso, más atractivo.
Donde no hay vino no hay alegría, se oye decir. Y en el libro de los Proverbios, no sin precaución, se lee que el vino alegra el corazón del hombre. Y el de la mujer, apostillan otros. De ahí que el "No tienen vino" de las bodas de Caná se antoje una frase tan triste. John Ford lo dejó caer en una secuencia de "Paseo por el Amor y la Muerte". Podría ser aún peor: "No tienen símbolos" o aunque los tengan, no los saben leer, no los logran saborear.
Cuando vimos "Secretos del Corazón", de Montxo Armendáriz, salimos con la cantinela aquella de que el vino de casa nunca emborracha, y nos gustaba creerlo. Él quería ver si se podía seguir emocionando con una mirada, con un gesto, con esas cosas que se están perdiendo, comentó algún crítico.
Bien mirado, la esencia de un secreto no es que se conozca ­dejaría de serlo­, sino que se pueda o no conocer, que quede insinuado y ambiguo, como en los ojos de un niño, como el regusto de un vino. El lenguaje simbólico o artístico, encierra a veces esa capacidad de sugestión, aunque exige un poco de esfuerzo "interactivo" y nos cuesta pagar ese precio. Cuando cualquiera sale en la televisión llorando y diciendo a quién quiere y a quién odia, no está mal reivindicar un poco de pudor y contención a la hora de expresar los sentimientos. Claro que no. El arte, ese modo de espiar el lado oculto de las cosas, tiene todavía mucho que decir ­también en televisión­, a nuestras mentes y corazones, que pagan un pesado tributo a la técnica, al mercado, a la prisa, al... Buen vino el símbolo. ¿Hace un trago?


EL VINO, SÍMBOLO ANCESTRAL
 

Sangre mediterránea
 

Lignum vitis/ Lignum vitae
 

De vinos y símbolos