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| Un
tonelero se afana en la fabricación de una barrica./
F. Díaz. |
Una
tradición con cientos de años
En
muchos casos, la casualidad se convierte en la madre de las
tradiciones. Éste es precisamente el caso de la tonelería,
una forma de criar el vino que surgió en el siglo XVII, con
la llegada del comercio marítimo. Durante los viajes, las
barricas de madera de roble en las que se transportaba el
vino aportaban al caldo unos sabores y características especiales,
gracias a los balanceos del mar y las condiciones ambientales.
Así
nació el oloroso, procedente de Jerez, que cautivó a los ingleses.
Siguiendo este camino abierto por la simple y pura necesidad,
los franceses decidieron crear un tonel de 225 litros en el
que almacenaban el vino tinto para aportarle esas características
especiales del roble de forma controlada. A partir de ese
momento, la tonelería se ha convertido en todo un arte en
el que hay que tener en cuenta muchos factores para lograr
el efecto deseado. Hoy las barricas se cuidan con esmero,
se eligen las mejores maderas y el secado es cuidadoso y lento.
Todo con un único objetivo: que el líquido escarlata que salga
de ese tonel sea del gusto de los paladares más selectivos.
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