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Por qué Burdeos subió a los altares
El
gran triunfo del Burdeos y del Champaña se fraguó en el siglo
XIX. Según recoge Juan Pan-Montojo, las clases adineradas
de Londres y de París comenzaron a tributar especial admiración
por estos dos productos «especialmente caros y, por lo tanto,
singulares al margen de sus cualidades intrínsecas». Los conflictos
bélicos, las trabas arancelarias y el difícil proceso de elaboración
del champaña (por estallidos en el curso de su fermentación)
elevaron el precio de ambos vinos hasta subirlos a los altares
de los sibaritas.
El
éxito que ambos obtuvieron permitió introducir «innovaciones
empíricas en el proceso vinificador tendentes a asegurar la
estabilidad cualitativa del vino, entre las que el descubrimiento
de las cualidades del azufre fue decisiva». Así se logró la
«progresiva estandarización» del Burdeos y del Champaña «y,
con ella, su mayor fama dentro y fuera de Francia». Habían
logrado, en una palabra, reducir las amplísimas variaciones
de calidad que mediaban entre una cosecha y otra.
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