Reportaje
PNTURA Y VINO
"Los Borrachos" o "El triunfo de Baco", lienzo de Velázquez (1559-1660) conservado en el Museo del Prado.
De dioses y de porrones

Del humanismo clásico a la mística sobriedad medieval, del festín velazqueño al bodegón severo, el vino siempre ha sido inspiración para pintores

Textos: José María Lánder.

Hay una cuestión que me intriga: ¿por qué razón los pintores han pintado ahora y siempre tantos cuadros tomando como excusa al vino? ¿por qué la presencia de esta bebida se perpetúa a lo largo de la historia de la pintura con una tenacidad inmune a las modas pasajeras, a los cambios de estilo dictados por las normas de las academias? Durante siglos, el vino ha mantenido una vitalidad artística encomiable; ha sido una de las top model más cotizadas en las pasarelas del arte; ha posado cientos de veces en imaginarios caballetes para pléyades de pintores que lo retrataron en cuadros de todas condiciones y gustos: bucólicos y menos bucólicos, realistas y menos realistas, escabrosos y menos escabrosos. Si uno hojea cualquier manual de pintura, se topa de bruces en la primera de sus páginas con la exhibición impudorosa de una bacanal. Si uno se acerca a un museo, se encuentra en la primera sala con un cuadro de unos borrachos celebrando su carpe diem particular.

Si uno contempla el retablo de la iglesia de su pueblo, seguro que en algún capitel recóndito aparecerán reproducidas unas hojas de parra protegiendo del sol a unos santos rezando en trance místico. No hay época de la humanidad que no haya meditado sobre esta bebida. Que no haya pintado en los lienzos o en las paredes unas uvas o unas ánforas o unas jarras. El vino ha sido uno de los temas universales de la pintura y la escultura. Se ha codeado de igual a igual con el amor, con la muerte, con la vida. Y sigue codeándose. Y esto no es fácil. Que temas universales se cuentan con los dedos de la mano. Ahora todo el mundo se hace un retrato. La inmortalidad se ha popularizado a ritmo de Polaroid. Todos queremos pasar a la posteridad y nos fotografiamos aprovechando la circunstancia más nimia. Pero antes el pasaporte a la perdurabilidad no funcionaba así. Se regía por un protocolo severo, por un escalafón de méritos cerrado y excluyente. No cualquiera merecía el honor de ser retratado.

Tenía que haber alguna razón poderosa: económica o simbólica. ¿Cuál es el mérito del vino para haber gozado siempre de una posición privilegiada? Seguramente su estatus obedezca a que nos encontramos ante una bebida profundamente religiosa. Religiosa por su poder turbador, enigmático. Las religiones se nutren del misterio, de la duda, de la incertidumbre. Y la naturaleza del vino es compleja, inmarcesible, reacia a dejarse atrapar ni por la ciencia del enólogo más metódico. Si resumiésemos esta idea en una metafísica de andar por casa, podríamos decir que el agua es la bebida del cuerpo, mientras que el vino correspondería a la bebida del espíritu. Frente a la claridad diáfana del agua, el negro espesor del vino; frente a la sencillez del agua, la complejidad atormentada del vino. Una bebida incontrolable, contradictoria. Capaz de lo mejor y de lo peor. De la exaltación y de la borrachera. De la conversación y del insulto. De la liberación y de la condenación. Desde sus orígenes, el vino representó una puerta abierta de par en par a la percepción, un puente tendido hacia la divinidad. O hacia las divinidades.

OPINIÓN
El vino pintado, por Ignacio Gil de Usandiaga
De la liberación de Baco a la condena de la droga