 |
| Don
Luciano de Murrieta, pionero del vino de Rioja.
|
Gracias
al exilio
Las tormentas
políticas del siglo XIX provocaron indirectamente el inicio
del esplendor del Rioja
Textos:
Pío García
Una
tierra cruzada por siete ríos, con el clima suave y duro a
un tiempo, hundida en un valle mediano, ofrece una singular
disposición para la viticultura. Así que, en La Rioja, siempre
hubo vino. Por lo menos, desde la época romana. Los restos
alfareros descubiertos en el territorio de la Comunidad Autónoma
atestiguan que el cultivo (y el consumo) del vino ya era popular
aquí cuando Sertorio se paseaba por la península. Eso sí:
los romanos de la metrópoli preferían vestir sus mesas con
otros caldos. Entre los hispanos, gozaban de especial estima
los de Alicante o los de la costa tarraconense.
Claro
que un catador actual tan pomposo y efectista quedaría aterrado
ante las costumbres latinas: como los vinos solían ser fuertes
y aromáticos, los rebajan con agua. Y así podían beber grandes
cantidades. El arqueólogo Pedro Álvarez Clavijo, uno de los
autores del estudio La cultura de la vid y del vino en La
Rioja, indica que algunos hallazgos (restos de ánfora, por
ejemplo) descubren que los bebedores locales también importaban
vinos de otras áreas, más reputadas para el consumo. Durante
la Edad Media, los latines, los libros y el arte se refugiaron
en los monasterios. Y los religiosos también admiraron, en
su retiro espiritual, los benéficos influjos del vino. Conviene,
sin embargo, no exagerar la vinculación riojana de los celebérrimos
versos de Gonzalo de Berceo (quiero fer una prosa en román
paladino... bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino).
Las referencias vinícolas eran frecuentes en la lírica medieval
y, de manera especial, en la vida monástica. Así que Berceo
no estaba señalando explícitamente la bondad de los vinos
de su tierra, sino escogiendo una metáfora bastante común
en la época. Entre revoluciones, batallas, conspiraciones,
monarquías, validos, esplendores augustos y crisis abismales
marchó la historia española. Durante todo este tiempo, dice
la leyenda que el vino abundaba tanto en La Rioja que acabó
siendo utilizado para hacer mortero en las construcciones,
en lugar del agua. Dícese, por ejemplo, que la iglesia de
Fuenmayor, una enorme y magnífica mole de una sola nave, se
erigió gracias al concurso del vino. En esta misma localidad,
vecina a Logroño y sumergida en el valle, se constituyó en
1787 la Real Junta de Cosecheros, embrión aproximado de un
Consejo Regulador. Los aires reformistas comenzaban a llegar
a la viticultura. Poco a poco, el vino riojano empezaba a
conquistar otros lugares: la cornisa cantábrica, sobre todo.
El chacolí y los caldos de Ribadavia perdieron terreno en
favor del Rioja, que ya empezaba a despuntar. Oigamos, si
no, a don Domingo de Muruaga, experto vinícola, quien en el
año 1830 ya cifraba en 700.000 cántaras el vino riojano consumido
en Vizcaya. A doce reales la cántara, la cantidad sumaba la
nada despreciable cifra de 8,4 millones de reales. Y eso que
don Domingo no era un paladín del Rioja: «Sacudámonos pues
bramaba de esta destructora dependencia en que nos tienen
las dos Riojas, castellana y alavesa, y no suframos por más
tiempo el que nos arranquen todo el valor de nuestra riqueza
a cambio de su vino». Pero algo pasaba. La materia prima era
buena; clima y terreno ayudaban; sin embargo, el producto
final no aguantaba el paso del tiempo y defraudaba a los paladares
más exigentes. Entonces se cruzó por medio la política. Y,
siquiera por una vez, su influjo fue benéfico.
|