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| Espartero,
su esposa y Murrieta, en la primitiva bodega de Ygay.
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Gracias
al exilio
Los
vaivenes del XIX
Perdamos
de vista el vino, por el momento, y escrutemos el siglo XIX.
Una época decisiva para el futuro de España y, singularmente,
para el devenir del Rioja. El ochocientos empezó mal, como
todo el mundo sabe: al mando de Napoléon, los franceses invadieron
la península: trajeron el derecho moderno, dictaron una Constitución
bastante avanzada (en Bayona) y colocaron a un rey títere,
José I Bonaparte, bautizado por la plebe como 'Pepe Botella',
tal era se maliciaba su afición por los licores. Entonces
comenzó la Guerra. Y entre trabuco y navajazo, los españoles
lograron juntar Cortes en Cádiz y rematar una Constitución
liberal (1812). Pero toda su obra se vino abajo tras la victoria:
regresó un monarca infame, Fernando VII, que impuso el absolutismo.
Ahí nació el fantasma de las dos Españas: unos, devotos del
Antiguo Régimen, se paseaban por sus pueblos gritando 'Vivan
las cadenas'; otros, modernos y progresistas, preferían las
libertades civiles y políticas. El siglo XIX se resumió así
en una continua confusión de facciones: absolutistas por un
lado, moderados por otro y progresistas contra todos.
En
ese último grupo militaba don Luciano de Murrieta y García-Lemoine,
nacido en Arequipa (Perú) del matrimonio entre un vizcaíno
y una criolla, el 22 de septiembre de 1822. Luciano escogió
el oficio militar y formó como coronel a las órdenes del general
Espartero, baluarte del progresismo decimonónico español.
La aventura política de Espartero alcanzó su cumbre en 1840,
cuando la reina María Cristina le pidió que se convirtiera
en regente. La fama del general, acrecida tras la derrota
de los carlistas, lo había convertido en Duque de la Victoria.
Y ya se había casado con Jacinta Martínez-Sicilia, hacendada
dama logroñesa. Baldomero Espartero aceptó, y comenzó a regir
los destinos del país. Su aventura política acabó como el
rosario de la Aurora. Él y un breve puñado de fieles (Murrieta
entre ellos) debieron abandonar la península en 1843: tenían
en contra a los absolutistas, a los moderados e incluso a
varios y notables progresistas. Con casi todo el mundo en
contra, no encontraron otra salida que el exilio. Y así embarcaron
para Londres. Y así, de manera tan inopinada, comenzó a fraguarse
la revolución en los vinos de Rioja. .
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