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| Fabricación
de barricas para envejecimiento del vino de rioja. |
En
el corazón de un roble
Del arte
de la tonelería y de la madera escogida depende en buen medida
la exquisitez del caldo
Textos:
A. Arteaga
Cuando
se habla de un buen vino, se piensa sobre todo en las uvas,
la tierra donde se encuentra el viñedo o, incluso, la meteorología
que ha reinado en esa región durante el año. Pero todo ese
proceso sólo tendría como resultado un buen mosto y de ahí
a un buen vino hay un laborioso camino lleno de detalles.
Ese
camino, el vino lo realiza en el interior de uno o varios
toneles, de los que depende el resultado final. La madera
dota al vino de unas características diferentes según una
serie de variables marcadas por la experiencia de siglos de
cría en barricas. El proceso químico en el que los taninos
de la madera reaccionan y cambian el vino ha sido pulido con
el tiempo, aunque todavía hoy los resultados se miden por
la práctica. La forma en la que están cortadas las duelas
del tonel, la edad de la barrica, su tostado, el tiempo de
permanencia del vino y las trasiegas son algunos de los factores
que deben tenerse en cuenta.
Junto
a éstos, el elemento más básico para lograr un buen tonel
y, por lo tanto, un buen vino, es la madera. Aunque se ha
utilizado el cerezo o el castaño para las barricas, el roble
se ha convertido en la materia prima más valorada por los
toneleros y los vinateros. Tradicionalmente, en Europa se
ha usado el roble francés, pero su alto precio y su escasez
han derivado la búsqueda hacia otra variedad, la americana,
y otras procedencias, como Europa del Este. Según los expertos,
mientras el roble francés se caracteriza por dar un punto
cremoso, avainillado y dulce al caldo, el americano consigue
vinos más leñosos, con un toque ahumado.
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