Todos los pueblos que han creado una cultura han cultivado el vino". Así de contundente se manifiesta M. Wiesenthal en su introducción a Los Vinos de España (Castell, Barcelona, 1987). Y nosotros no le vamos a contradecir, pues, el vino aparece, ciertamente, en el brote histórico de todas las grandes culturas: en Mesopotamia, en el valle del Nilo, en la conquista de la tierra prometida, en las páginas de Homero, en los diálogos de Platón, en la Pascua cristiana, en la literatura de los trovadores provenzales, en los capiteles de los claustros góticos, en las pinturas de Rúbens, de Tiziano, de Velázquez, de Poussin... Podríamos afirmar que, sin el vino, a la humanidad le faltaría una parte importante de sus valores y manifestaciones culturales. Pues, si es cierto que el hombre ha convertido la pura necesidad de comer y de beber en fuente de placer para los sentidos y para la inteligencia, es el vino el que soporta una mayor carga cultural, carismática y ritual. La viña penetra, en efecto, en la cultura cuando se convierte en vino, un hecho tan antiguo que sólo la mitología lo ha conservado en hermosos relatos para nuestra memoria colectiva; incluso se le asigna un dios y se le llama "bebida divina". Desde su mismísimo descubrimiento, los hombres han aplicado todo su ingenio innovador y su habilidad artesana a la elaboración, conservación y comercialización del preciado líquido. El vino sufre, a su vez, una -podríamos decir- segunda "aculturación". Y es que a los seres humanos les ha sorprendido siempre el poder estimulante del vino, capaz de provocar la euforia en el ser más abatido, así como de soltar la lengua al más tímido. El vino, como si décima Musa se tratara, puede inspirar las más bellas creaciones artísticas. "Si bebes agua, nunca podrás producir una obra de arte", decía el poeta griego Cratino; algo que también ilustran esos otros versillos más populares que dicen: "Vino que del cielo vino, vino con tanto primor que al hombre sin saber letra lo hace predicador". Y hasta el propio vino, con toda su riquísima simbología, ha llegado a convertirse en motivo principal de esas creaciones artísticas. Pero además, a la vez que recibía un trato especial de pintores, escultores y artistas, el vino, ha configurado mentalidades y unos valores socio-culturales que atestiguamos por primera vez en la Grecia clásica, cuna de nuestra cultura, y desde allí se difundieron por todo el Mediterráneo. Continuar Introducción.